3 de julio de 2016

EL ENCUENTRO DEL MONJE

Cuenta la historia que, un día, un monje recibió una llamada urgente: debería encontrarse con Dios en la cima de la montaña en que vivía, antes de ponerse el sol. Rápidamente el monje se puso en marcha montaña arriba... ¡No podía llegar tarde a semejante cita!
Pero a mitad de camino se encontró con un herido que pedía socorro. El monje casi sin detenerse le explicó que en ese momento no podía ayudarle, que Dios le esperaba en la cima de la montaña antes del atardecer. Volvería después de encontrarse con él y le ayudaría.
Poco después se encontró con un niño de la calle, más adelante con una anciana que vivía sola, y más tarde con un parado que no tenía nada que llevar a su familia. Todos necesitaban ayuda, y a todos dijo lo mismo, que no podía entretenerse porque tenía un encuentro con Dios en la cima de la montaña y no debía llegar tarde bajo ninguna excusa. A todos les dijo que volvería un poco más tarde...
Unas horas después, cuando el sol todavía brillaba en el horizonte, el monje llegó a la cima de la montaña... y desde allí sus ojos se pusieron a buscar desesperadamente a Dios. 
Pero Dios no estaba...
Algunos dicen que Dios se había ido a ayudar a aquel hombre que pedía socorro. Que le habían visto junto al niño, y junto a la anciana y también junto al parado.
Y hay quien dice que Dios era incluso el mismo herido, el mismo niño, la anciana, y el mismo parado que pedía ayuda.
 
  • REFLEXIÓN: ¿Dónde buscamos nosotros a Dios? Buscamos a Dios donde no está, porque sin duda él está en cada persona que sufre y lo necesita, justo aquellos a quienes nosotros tantas veces despreciamos. Buscamos a Dios en la oración, en la intimidad y Dios siempre está en las personas, en todo aquel que nos rodea y puede necesitarnos.

29 de junio de 2016

ESFUERZO

Un día, una pequeña abertura apareció en un capullo de gusano. Un hombre se sentó y observó a la mariposa por varias horas y cómo ella se esforzaba para que su cuerpo pasara a través de aquel pequeño espacio. De momento parecía que se había dado por vencida, pues no se veía ningún movimiento, y no parecía hacer ningún progreso. Parecía que había hecho más de lo que podía, y aun así, no conseguía salir. Entonces el hombre decidió ayudarla.
Tomó una tijera y con ella cortó el capullo para que la mariposa pudiese salir. La mariposa salió con una gran facilidad. Pero su cuerpo estaba atrofiado, muy pequeño y con las alas pegadas al cuerpo. El hombre continuó observando a la mariposa porque esperaba que en cualquier momento sus alas se fortalecieran, se abrieran con fuerza y fueran capaces de soportar su peso afirmándose con el tiempo.
Pero nada pasó.
En realidad, la mariposa pasó el resto de su vida arrastrándose con el cuerpo atrofiado y con las alas maltratadas y encogidas. Nunca fue capaz de volar. 
Lo que el hombre, en su gentileza y deseo de ayudar, no comprendía era que el capullo apretado y el esfuerzo necesario para salir por el pequeño agujero era el modo en que Dios hacía que el fluido del cuerpo de la mariposa fuese hacia sus alas de modo que estuviera lista para volar una vez que hubiese salido del capullo. 
 
  • REFLEXIÓN: Es el esfuerzo lo que justamente necesitamos en nuestras vidas. Sin esfuerzo nada que sea valioso se consigue. Si pasáramos por la vida sin ningún esfuerzo, sin ningún obstáculo, quedaríamos "incapacitados", "inválidos". No seríamos tan fuertes como podemos ser. Nunca podríamos volar. Por eso, cuando quieras ayudar a alguien, lo primero que tienes que hacer es respetar el espacio y el tiempo que la persona necesita para poder desarrollarse libremente. Es bueno ayudar, pero dejando que a quien ayudamos vaya desplegando sus alas, vaya formándose, vaya tomándose su tiempo para madurar y luchar por su propia vida.

23 de junio de 2016

SIN MEMORIA

Cuenta una vieja historia china que había una vez un hombre llamado Huan Zi, que había perdido completamente la memoria. Por la tarde, olvidaba lo que le habían dicho por la mañana; a la mañana siguiente, no recordaba lo que había hecho el día anterior. Cuando iba a algún sitio, no se acordaba dónde estaba y se olvidaba del camino de regreso. Había olvidado hasta como caminar o cuando sentarse.
Su familia estaba muy preocupada. No sabía qué hacer. Sufrían porque no los reconocía. Y aunque a Huan Zi se le veía en paz y feliz en su situación, estaban seriamente preocupados por él. Acudieron a adivinos y sanadores de todo tipo. De nada sirvió. El diagnóstico de los más prestigiosos médicos de la época, solía coincidir en que existía cierta desarmonía irrecuperable entre el hígado, los pulmones y el bazo, con afectación de los riñones y el corazón. Se declararon incapaces de curarle.
Un gran filósofo y erudito se ofreció para sanarlo. La mujer y los hijos de Huan Zi le prometieron pagarle lo que les pidiese, a cambio de su curación. El filósofo les dijo:
—No se puede remediar ni con hierbas, ni conjuros, ni con invocaciones, ni recurriendo a las medicinas ordinarias. Es un problema de su mente. Intentaré modificarla, cambiar sus pensamientos. Haré unas pruebas.
Acto seguido hizo que lo desnudaran y el enfermo reclamó la ropa; lo tuvo sin comer y exigió comida; lo dejó a oscuras y pidió la luz. Estas pruebas resultaban muy positivas. El filósofo dijo a la familia:
—Se puede curar la enfermedad. Sin embargo, mi método es caro y secreto.
Tras pactar el precio a cobrar, despidió a todos y se quedó en la casa a solas con el enfermo durante siete días.
Nadie supo qué hizo aquel hombre sabio, ni qué técnicas utilizó, pero lo cierto es que, en la mañana del séptimo día, Huan Zi tenía su mente curada.
Cuando la familia llegó a casa, llamados por el sanador, al verlos Huan Zi se puso a gritar, muy furioso, contra su hijo y contra su mujer. Quiso golpearles con un palo, y salió corriendo detrás del que le había curado, de forma que hubo de ser sujetado por sus vecinos que lo calmaron y le preguntaron por la causa de su gran enfado. 
Huan Zi les explicó: 
—Antes, con mi memoria perdida, estaba feliz, nada me preocupada, ni tan siquiera la existencia del cielo y la tierra. Estaba conmigo mismo, libre y vacío de todo lo demás. Ahora, al recobrarme, han regresado todas mis viejas preocupaciones, todas mis inquietudes, todos mis desasosiegos. Surgen en mi mente todos los logros y pérdidas, éxitos y fracasos, penas y alegrías, amores y odios. Ha desaparecido el silencio de mi mente. He dejado de ver las personas y las cosas como son, como están ahí, sin juzgarlas. Mi mente no se calla, ni un solo momento. 
Y, ya calmado, con lágrimas en los ojos, gritaba: 
—¡Quiero volver a vivir como antes, quiero mi memoria perdida, que alguien me ayude!
 
  • REFLEXIÓN: Un poco triste pero cierto que a veces nos gustaría no tener memoria para no recordar las cosas malas que nos suceden, vivir libres de los recuerdos tristes o angustiosos que en algún momento cargamos como piedras en nuestra espalda. Pero lo malo de perder la memoria es que se irían los malos recuerdos, pero también aquellos que nos hicieron disfrutar o nos proporcionaron un trocito de felicidad. Así que lo mejor será vivir con la memoria intacta, procurando que lo negativo no nos hiera demasiado y lo positivo permanezca siempre fresco en el recuerdo.

15 de junio de 2016

LA OVEJA PERDIDA

Una oveja descubrió un agujero en la cerca y se escabulló a través de él. Estaba feliz de haber escapado por fin. Anduvo errando mucho tiempo y acabó desorientándose.
Entonces se dio cuenta que estaba siendo observada y perseguida por un lobo. Echó a correr y a correr... pero el lobo seguía persiguiéndola. Hasta que llegó el pastor y la rescató, salvándola y conduciéndola de nuevo, con todo cariño, al redil.
Y a pesar de que todo el mundo le instaba a lo contrario, el pastor se negó a reparar el agujero de la cerca.
 
  • REFLEXIÓN: Cada uno tenemos que descubrir por nosotros mismos nuestros errores. Nadie puede andar el camino por nosotros, debemos descubrirlo nosotros, con sus buenos tramos y con sus obstáculos. Y así ir aprendiendo de los errores, de aquellas cosas que nos producen daño o sufrimiento, para en lo sucesivo y en la medida de lo posible, intentar evitar dichas circunstancias o situaciones.

31 de mayo de 2016

LA MANZANA PERFECTA

Apenas había concluido un hombre santo su alocución cuando un bromista sin modales de entre los asistentes le dijo:
—En lugar de tejer teorías espirituales, ¿por qué no nos muestras algo práctico?
El pobre hombre santo quedó absolutamente perplejo.
—¿Qué clase de cosa práctica quieres que te muestre? –le preguntó.
Satisfecho de haber mortificado al hombre santo riéndose de él,  y de causar impresión a los presentes, el bromista dijo con ironía:
—Muéstranos, por ejemplo, una manzana del Jardín del Edén.
El hombre santo tomó inmediatamente una manzana y se la presentó al individuo. 
—Pero esta manzana –dijo éste– está podrida por un lado. Seguramente una manzana celestial debería ser perfecta.
—Es verdad. Una manzana celestial debería ser perfecta –dijo el hombre santo–. Pero, dadas tus posibilidades reales, esto es lo más parecido que jamás podrás tener a una manzana celestial.
 
  • REFLEXIÓN: ¿Puede un hombre esperar ver algo perfecto con una mirada imperfecta? ¿O detectar la bondad en los demás cuando su propio corazón es egoísta?

2 de mayo de 2016

EL ZORRO Y EL LEÓN

En el país de la selva, imperaba la ley del más fuerte, por eso en ella reinaba el León. Carente de virtudes morales, huraño y perezoso, basaba su poder sólo en la fuerza, en sus poderosos músculos, en sus potentes garras, en sus feroces bramidos. Todo ello le servía para tener el control, (cuando rugía, a todo el mundo hacía estremecer). Por eso el alimento era cosa vital, no solo para el cuerpo, sino, básicamente, para sostener su reinado, tarea que día a día se le iba haciendo más difícil, dado que algunos animales, los más lúcidos, poco a poco iban descubriendo sus mañas y ya no eran presas fáciles de caer en sus garras. La realidad era que cada vez le iban quedando menos animalitos para procurarse sustento -entre esos estaban las cándidas cabras-. Ello convertía su necesidad de mantener su trono en un engorro permanente.
Un día caminaba por los montes un Zorro hambriento, relamiéndose los bigotes por unas cabras que a unos pasos veía inocentes jugar. Las cabras eran fáciles de capturar, porque eran tontas y tenían un despiste y curiosidad natural, pero se necesitaba fuerza y velocidad para no dejarlas escapar, cualidades que el Zorro, apesadumbrado reconocía, no las tenía.
En esas tristes cavilaciones se encontraba, cuando a lo lejos divisó al León, que aburrido entre las matas esperaba inútilmente que las cabras se acercaran a una distancia donde él pudiera propinar su zarpazo fatal. 
El Zorro distinguió su aburrimiento viéndolo contar las moscas que le revoloteaban por la nariz. Entonces los ojos se le iluminaron, inspirado tal vez por los silbidos de su panza, se le aguzó la imaginación y puso en marcha su astucia ponderable.
Cauteloso fue acercándose al León.
—¡Hola amigo León... Pobre, qué aburrido se le ve! –dijo, tratando que su voz sonara solidaria.
—¡Ya lo ves!... aquí estoy desde temprano, esperando que esas cabras imbéciles se acerquen hasta aquí! –gruñó el León.
—¡Bueno a mi no me va mejor con ellas... Las tengo cerca pero no tengo la fuerza ni la velocidad que usted tiene!... Por eso amigo, ¡creo que tengo la solución para el problema de los dos! –dijo el Zorro, mientras se le iba arrimando discretamente.
—¿Solución al problema de los dos? ¿Qué estás diciendo Zorro estúpido? –espetó con un bramido el León.
El León se encrespó y preparó las garras para propinar un escarmiento al insolente Zorro, pero se detuvo, pensó un instante, pensó en su hambre, pensó en el aburrimiento que tenía... y reflexionó:
—¿Qué pierdo con escuchar a este insensato? –se dijo para sus adentros– ¡Bueno, habla, que te escucho! -dijo, mientras cazaba al aire una mosca y se la engullía.
—¡Es fácil, muy fácil don León –respondió el Zorro, con tono convincente– ¡Mire, usted se queda quietecito y atento aquí mismo mientras yo me ocupo de llamar la atención de las cabras, las voy atrayendo hacia usted, y cuando las tenga a su alcance, ¡zas, ahí le da el salto y listo!... ¿Qué le parece la idea?
El León pensó un instante y creyó que no perdía nada con intentarlo y le dijo:
—Sólo una cosa más, Zorro, ¿qué pretendes a cambio?
—¡Pero, cómo pregunta eso!... No quiero nada más ni menos que lo que usted quiere. ¡Alimento! Y para mí en especial, el honor de comer de su misma mesa! –contestó muy ufano el Zorro.
—¡De acuerdo, trato hecho! –dijo el León y, con un apretón de garras, formalizaron la alianza.
Entonces el Zorro comenzó a desplegar sus habilidades más sibilinas. Se ubicó a una distancia donde pudieran verlo las cabras y ahí mismo empezó a dar brincos, saltos y más saltos y volteretas al aire. Trepaba hasta un árbol cercano y se dejaba caer colgando la cabeza a tierra mientras lanzaba su grito chillón, y siguió así hasta llamar la atención de todas las cabras que, curiosas, comenzaron a acercarse poco a poco a ver qué ocurría...
Ahí el Zorro arremetió con todo su repertorio, arreció con sus cabriolas mientras calculadamente se acercaba cada vez un poco más a los matorrales donde escondido aguardaba el León. 
Las cabras inocentes, cada vez más intrigadas, aleladas iban siguiendo los jugueteos del pillo Zorro. El León, mientras tanto, sin dar crédito a la astucia que comprobaba tenía su compinche, tensó sus músculos y concentró su atención al máximo, esperando atento el momento infalible. Cuando tuvo a su alcance una hermosa cabra y supo que no podía fallar, dio el salto y de un zarpazo la cazó y comenzó su faena. 
Contento el Zorro dio un aullido de victoria y quiso sumarse al festín, el León con un gruñido que heló la sangre, le dio un zarpazo que lo dejó quieto.
Sólo cuando se hubo saciado a más no poder, dejó unas sobras miserables que el Zorro, humillado, se dispuso a comer.
 
  • REFLEXIÓN: Cuidado con aquellos que hábilmente pretender engañarnos con sus artimañas, apariencias, palabrería, trucos y banalidades, porque, al final, pueden ser ellos los engañados.