Hace muchos, muchos años, las semillas celebraron su asamblea general extraordinaria con un único punto en el orden del día: qué hacer para aumentar la población. En efecto, tras varias incursiones devastadoras de ratones la cantidad de semillas había disminuido alarmantemente.
Después de un largo debate, la tarea parecía clara: que una semilla se dejase caer en tierra para dar fruto y producir otras muchísimas semillas.
Ahora ya sólo faltaba elegir a una semilla para esa misión...
Unas miraban al tendido, otras se hacían las dormidas, otras miraban a sus vecinas... Tras un tenso silencio, empezaron a hablar para excusarse. La Semilla Sabia dijo que ella no podía ofrecerse porque tenía un rol muy importante y que era insustituible. La Semilla Anciana dijo que estaba ya muy mayor y produciría semillas demasiado débiles. La Semilla Deportista declinó la invitación con el argumento de que un futuro de éxitos le esperaba, y lo mismo dijo la Semilla Cantante. La Semilla Periodista no podía dejar de informar sobre el resultado de la asamblea, y la Semilla Secretaria tenía que pasar a limpio las actas...
Fue una cadena interminable de negativas.
Sólo hubo una semilla que no habló: la Semilla Sordomuda. ¡Claro! ¿Cómo no se les había ocurrido antes? Esta semilla no había entendido nada de lo que allí pasaba, y tampoco podía oponerse, así que sus compañeras la apresaron y la enterraron. Cuando ya, satisfechas, las semillas iban a dispersarse... ¡horror! aparecieron los ratones y las devoraron a todas.
¿Historia terminada? No.
Al tercer día la semilla enterrada germinó y poco a poco fue creciendo hasta dar fruto y muchísimas semillas de todas las especies que repoblaron otra vez la tierra. Por eso hoy ni las semillas ni las plantas hablan, porque provienen de la Semilla Sordomuda, y no dudan en enterrarse para dar fruto, porque saben que sólo pueden dar nueva vida cuando pasan por la tierra.
- REFLEXIÓN: En muchas situaciones tratamos de escurrir el bulto, no queremos ser generosos y hacer un esfuerzo por nada ni por nadie. Al igual que las semillas nosotros somos egoístas y no solemos desear entregar nuestra vida por el bien común. Reflexionemos y veamos qué causas son aquellas por las que merece la pena entregar la vida y cómo podemos nosotros dar nueva vida a nuestro entorno. A veces nuestro esfuerzo no se ve de forma inmediata, sólo el tiempo puede hacer que nuestra tierra dé fruto y que nuestro fruto sea abundante.
