14 de marzo de 2015

EL FANTASMA DEL ORO

Al pasar un barbero bajo un árbol embrujado, oyó una voz que le decía:
—“¿Te gustaría tener los siete tarros de oro?”
El barbero miró en torno suyo y no vio a nadie. Pero su codicia se había despertado y respondió anhelante:
—Sí, me gustaría mucho.
—“Entonces ve a tu casa en seguida”, -dijo la voz-, “y allí los encontrarás”.
El barbero fue corriendo a su casa. Y en efecto: allí estaban los siete tarros, todos ellos llenos de oro, excepto uno que sólo estaba medio lleno. Entonces el barbero no pudo soportar la idea de que un tarro no estuviera lleno del todo. Sintió un violento deseo de llenarlo; de lo contrario, no sería feliz.
Fundió todas las joyas de la familia en monedas de oro y las echó en el tarro. Pero éste seguía igual que antes: medio lleno. ¡Aquello le exasperó! Se puso a ahorrar y a economizar como un loco, hasta el punto de hacer pasar hambre a su familia. Todo inútil. Por mucho oro que introdujera en el tarro, éste seguía estando medio lleno.
De modo que un día pidió al Rey que le aumentara su sueldo. El sueldo le fue doblado y reanudó su lucha por llenar el tarro. Incluso llegó a mendigar. Y el tarro engullía cada moneda de oro que en él se introducía, pero seguía estando obstinadamente a medio llenar.
El Rey cayó en la cuenta del miserable y famélico aspecto del barbero. Y le preguntó:
—¿Qué es lo que te ocurre? Cuando tu sueldo era menor, parecías tan feliz y satisfecho. Y ahora que te ha sido doblado el sueldo, estás destrozado y abatido. ¿No será que tienes en tu poder los siete tarros de oro?
El barbero quedó estupefacto:
—¿Quién os lo ha contado, Majestad? –preguntó.
El Rey se rió.
—Es que es obvio que tienes los síntomas de la persona a quien el fantasma ha ofrecido los siete tarros. Una vez me los ofreció a mí y yo le pregunté si el oro podía ser gastado o era únicamente para ser atesorado; y él se esfumó sin decir una palabra. Aquel oro no podía ser gastado. Lo único que ocasiona es el vehemente impulso de amontonar cada vez más. Anda, ve y devuélveselo al fantasma ahora mismo y volverás a ser feliz.
 
  • REFLEXIÓN: Atesorar cosas no nos hace más felices, al contrario, nos hace suspicaces, ruines, codiciosos y egoístas, y nos merma la capacidad de disfrutar de la vida y de lo que tenemos en el momento actual. El dinero, el poder, los bienes materiales no son más que fantasmas que nos vuelven infelices si no sabemos gastarlos de forma prudente y sensata. Con frecuencia descubrimos que las personas que menos tienen, que viven con lo justo, son realmente las más felices y las que menos están atadas a nada.

10 de febrero de 2015

LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ

Había una vez un rey que habiendo alcanzado un notable nivel de prosperidad y abundancia en los confines de reino, se sentía triste y desdichado. Su mayor deseo era el de encontrar a tan sólo un hombre sobre la Tierra que afirmara ser verdaderamente feliz. Una vez que lo hubiera encontrado pensaba pedirle su camisa para vestirse con ella. Albergaba la primitiva creencia de que vestido con la misma prenda del hombre feliz, de alguna forma experimentaría también su misma felicidad.
Lo primero que decidió fue llamar a todos los representantes de las escuelas y de las religiones del reino a fin de formularles una pregunta clave: ¿Es usted verdaderamente feliz? En caso de que alguno de ellos afirmase tal supuesto, el rey estaba dispuesto a entregar lo que fuese y vestir su camisa.
Uno a uno fue entrevistado personalmente por el monarca que, tras meses de trabajo, comprobó desanimado cómo ninguno de aquellos personajes se consideraba verdaderamente feliz.
El rey y su servidumbre viajaron entonces por todo el país, preguntando a infinidad de hombres y mujeres si conocían a alguien que se considerase feliz. Mucho camino recorrieron sin encontrar a nadie que afirmase tal posibilidad, hasta que, triste y desalentado, pensando que no había felicidad plena en ninguna parte, el rey ordenó el regreso a palacio.
Fue entonces cuando un anciano súbdito le relató que había oído hablar de una persona feliz que vivía próxima a los grandes bosques. El rey abrió sus ojos y pleno de esperanza envió a sus más fieles emisarios, colmados de oro y alhajas, en busca de aquel hombre tan raro, con el fin de conseguir y traer de vuelta su camisa a cambio de lo que pidiese.
Después de algunos días de viaje, los enviados encontraron por fin a este hombre que, según se decía, irradiaba paz y alegría. Tras saludarlo ceremoniosamente en nombre del rey, le preguntaron si se consideraba una persona verdaderamente feliz.
Aquel ser contestó:
—Yo soy el hombre más feliz del mundo.
Todos los presentes pudieron comprobar cómo su rostro, en verdad, reflejaba una intensa paz y sus ojos irradiaban una gran luz.
Así pues, le presentaron los cofres cargados de oro y alhajas, diciendo:
—Todo este incalculable tesoro te lo ofrece nuestro rey si tú le regalas tu camisa.
El hombre, mirándolos con estupor y sorpresa, les dijo:
—Muy gustoso te daría mi camisa, pero ya hace tiempo que no tengo.
La noticia de que el único hombre feliz que encontraron los mensajeros no tenía camisa dio al marajá motivo para reflexionar. Durante tres días y tres noches permaneció solitario. Y al cuarto día, hizo repartir entre el pueblo gran parte de sus riquezas... Y cuenta la leyenda que a partir de ese día se sintió de nuevo sano y feliz.
 
  • REFLEXIÓN: La escasez no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos y necesidades. Debemos aprender a «soltar» para evitar el ansia y el desasosiego. Para ser felices debemos desprendernos de las cosas materiales. Sólo llegaremos a rozar la felicidad si somos capaces de no atarnos a las cosas y bienes de este mundo.

22 de enero de 2015

EL ZORRO MUTILADO

Un hombre que paseaba por el bosque vio un zorro que había perdido sus patas, por lo que el hombre se preguntaba cómo podría sobrevivir. Entonces vio llegar a un tigre que llevaba una presa en su boca. El tigre ya se había hartado y dejó el resto de la carne para el zorro.
Al día siguiente Dios volvió a alimentar al zorro por medio del mismo tigre. Él comenzó a maravillarse de la inmensa bondad de Dios y se dijo a sí mismo: «Voy también yo a quedarme en un rincón, confiando plenamente en el Señor, y éste me dará cuanto necesito».
Así lo hizo durante muchos días; pero no sucedía nada y el pobre hombre estaba casi a las puertas de la muerte cuando oyó una voz que le decía:
«¡Oh tú, que te hallas en la senda del error, abre tus ojos a la verdad! Sigue el ejemplo del tigre y deja ya de imitar al pobre zorro mutilado».
 
  • REFLEXIÓN: No está mal dedicarse a la contemplación y esperar que la providencia nos resuelva la vida, pero es mejor ser activos, enfrentar de cara aquello que tenemos o podemos hacer y ponernos manos a la obra. Nada sucede solo si tú no estás dispuesto a luchar, a esforzarte y a comprometerte.

26 de diciembre de 2014

LAS CAMPANAS DEL TEMPLO

El templo había estado sobre una isla, dos millas mar adentro. Tenía un millar de campanas. Grandes y pequeñas campanas, labradas por los mejores artesanos del mundo. Cuando soplaba el viento o arreciaba la tormenta, todas las campanas del templo repicaban al unísono, produciendo una sinfonía que arrebataba a cuantos la escuchaban.
Pero, al cabo de los siglos, la isla se había hundido en el mar y, con ella, el templo y sus campanas. Una antigua tradición afirmaba que las campanas seguían repicando sin cesar y que cualquiera que escuchara atentamente podría oírlas. Movido por esta tradición, un joven recorrió miles de millas, decidido a escuchar aquellas campanas. Estuvo sentado durante días en la orilla, frente al lugar en el que en otro tiempo se había alzado el templo, y escuchó, y escuchó con toda atención. Pero lo único que oía era el ruido de las olas al romper contra la orilla. Hizo todos los esfuerzos posibles por alejar de sí el ruido de las olas, al objeto de poder oír las campanas. Pero todo fue en vano; el ruido del mar parecía inundar el universo.
Persistió en su empeño durante semanas. Cuando le invadió el desaliento, tuvo ocasión de escuchar a los sabios de la aldea, que hablaban con unción de la leyenda de las campanas del templo y de quienes las habían oído y certificaban lo fundado de la leyenda. Su corazón ardía en llamas al escuchar aquellas palabras... para retornar al desaliento cuando, tras nuevas semanas de esfuerzo, no obtuvo ningún resultado.
Por fin decidió desistir de su intento. Tal vez él no estaba destinado a ser uno de aquellos seres afortunados a quienes les era dado oír las campanas. O tal vez no fuera cierta la leyenda. Regresaría a su casa y reconocería su fracaso.
Era su último día en el lugar y decidió acudir una última vez a su observatorio, para decir adiós al mar, al cielo, al viento y a los cocoteros. Se tendió en la arena, contemplando el cielo y escuchando el sonido del mar. Aquel día no opuso resistencia a dicho sonido, sino que, por el contrario, se entregó a él y descubrió que el bramido de las olas era un sonido realmente dulce y agradable. Pronto quedó absorto en aquel sonido que apenas era consciente de sí mismo. Tan profundo era el silencio que producía en su corazón...
¡Y en medio de aquel silencio lo oyó! El tañido de una campanilla, seguido por el de otra, y otra, y otra... Y en seguida todas y cada una de las mil campanas del templo repicaban en una gloriosa armonía, y su corazón se vio transportado de asombro y de alegría.
 
  • REFLEXIÓN: Si deseas escuchar las campanas del templo, escucha el sonido del mar. Si deseas ver a Dios, mira atentamente la creación. No la rechaces; no reflexiones sobre ella. Simplemente, mírala... siéntela... disfrútala.

10 de diciembre de 2014

UN POBRE EN EL JARDÍN

Un amigo mío formaba hace años parte de una pequeña y ardiente comunidad cristiana. Un día a la semana se reunían para hablar de Cristo, de la fe, de cómo difundir su mensaje. Y como todos eran gente con sus jornadas de ocho horas, se reunían de noche, con cena frugal a la que seguía una conversación que a veces se prolongaba hasta las dos, hasta las tres de la mañana. Mi amigo salía de allí con el alma ardiendo, con olor a Evangelio, dispuesto a entregar lo mejor de su vida por él. Hasta que...
Era una noche de invierno, heladora y cortante. Mi amigo, tras la charla con su comunidad, llegó a su casa cerca ya de las tres de la mañana. Y, al bajarse del coche, vio que enfrente de su portal, en el jardín frontero, sobre un banco de hierro, dormía un cuerpo arrebujado, mal cubierto con algunos periódicos.
Algo ocurrió en el alma de mi amigo: con una noche así, un hombre sobre un banco, sin otra protección que un viejo abrigo y unas hojas de papel, podía muy bien morirse de congelación. ¿Podría dejarle al desamparo? Dentro de sí oyó gritar una voz que le explicaba que eso sería un crimen. Pero pronto otra voz que le recordó que no podía meter en su casa a un completo desconocido. ¿Y si era un ladrón? ¿Y qué dirían su mujer y sus hijos si a las tres de la mañana les despertaba para acomodar en casa a aquel hombre andrajoso?
Cuando mi amigo metió el llavín en la cerradura de su casa se gritó mil veces a sí mismo que era un cobarde. Pero el egoísmo fue más fuerte que él. Y, ya en su piso, evitó asomarse al balcón para impedir que su conciencia multiplicara los martillazos con que estaba asediándole.
Ya en la cama le pareció que las mantas eran, a la vez, más calientes y congeladoras. Se sentía habitando a la vez en el infierno de su egoísmo y en el cuerpo congelado del mendigo. Y tardó varias horas en dormirse porque la figura del hombre acurrucado en el banco le parecía clavada en su imaginación.
A la mañana, al despertar, se acercó con pánico a la ventana: estaba seguro que aún vería en el banco aquel cuerpo, quizá ya muerto, que él había abandonado. No estaba. Y no supo si sentía ganas de reír o de llorar.
A lo largo de la semana siguiente vivió en la vergüenza. Se miraba en el espejo y sentía asco de sí mismo. No se atrevía a ir a la Iglesia y comulgar. Sentía unos infinitos deseos de que llegara el viernes para confesarse ante Dios y sus compañeros de aquel pecado que, conforme pasaban los días, crecía en su conciencia.
Cuando el viernes llegó y contó, casi con lágrimas, su cobardía, percibió con asombro que la historia no impresionaba mucho a sus compañeros. Y no era que lo disculpasen, aceptando que todo hombre hace mil disparates al día; era que, además, encontraban teorías para rebajar su gravedad. Alguien explicó que la batalla urgente no era tanto ayudar a los individuos como cambiar la sociedad. Otro explicó que la caridad sólo era auténtica cuando se convertía en justicia. Un tercero comentó que la limosna denigra tanto al que la recibe como al que la da. Alguien añadió que dar cama por una noche a un vagabundo no iba a resolver sus problemas. Y no faltó quien dijo que “gente así ya está acostumbrada a dormir en un banco de la calle”.
Mi amigo salió aquel día más congelado que nunca de la reunión. Y decidió no volver más a aquella comunidad. No quiso juzgarles, ni menos condenarles. Pero entendió que algo no funcionaba en todo aquello.
 
  • REFLEXIÓN: Cuántas veces por nuestra cobardía no hemos sabido defender una injusticia. Tratamos de adormilar nuestra conciencia para que nos deje vivir en paz y sin molestarnos demasiado. Y lo peor es que a veces no sólo somos nosotros, es la sociedad entera la que trata de justificar su actitud pasiva ante la injusticia.

20 de noviembre de 2014

EL LEÓN ENAMORADO

Se había enamorado un león de la hija de un labrador y la pidió en matrimonio.
Y no podía el labrador decidirse a dar su hija a tan feroz animal, ni negársela por el temor que le inspiraba.
Entonces ideó lo siguiente. Como el león no dejaba de insistirle, le dijo que le parecía digno para ser esposo de su hija, pero que al menos debería cumplir con la siguiente condición: que se arrancara los dientes y se cortara sus uñas, porque eso era lo que atemorizaba a su hija.
El león aceptó los sacrificios porque en verdad la amaba.
Una vez que el león cumplió lo solicitado, cuando volvió a presentarse ya sin sus poderes, el labrador lleno de desprecio por él, lo despidió sin piedad a golpes.
 
  • REFLEXIÓN: Nunca te fíes demasiado como para despojarte de tus propias defensas, pues fácilmente serás vencido por los que antes te respetaban. Y además, has de aprender a reconocer tus cualidades y aptitudes, y sobre todo a valorarte a ti mismo, porque quien te quiera ha de quererte como eres realmente. Nunca trates de cambiar para agradar a otros.