27 de noviembre de 2013

EL CAMINO INTRANSITADO

Oculta entre las montañas en una región lejana había una aldea. A la entrada había tres caminos, y donde se bifurcaban había tres señales. Una decía: «Al mar»; otra: «A la ciudad», y la tercera: «A ningún sitio».
Desde que se tenía memoria, la gente sólo había ido por los dos primeros caminos. Nadie se había atrevido a seguir el camino que llevaba «A ningún sitio». Estaba desierto e intransitado.
Juanita, una chica de la aldea, no dejaba de hacer la misma pregunta a los aldeanos:
—¿A dónde va el camino que lleva a ningún sitio?
Invariablemente recibía la misma respuesta:
—A ningún sitio.
Los aldeanos temían por la seguridad de la pequeña y le dijeron:
—No tomes nunca ese camino. Es muy peligroso. Nadie ha tenido jamás el valor de seguirlo.
Pero Juanita pensaba para sí: «Si hay un camino, debe conducir a algún sitio».
Un día, Juanita se escabulló de la aldea y tomó furtivamente el camino prohibido. Caminó y caminó atravesando colinas y valles, corrientes y cascadas, bosques y desiertos. Seguía adelante sin cesar, hasta que comenzó a pensar que los aldeanos estaban en lo cierto. El camino no conducía realmente a ningún sitio.
De pronto un día divisó un perro, y se dijo: «Si hay un perro, debe haber una casa o al menos alguna persona cerca».
Entre el miedo y la esperanza, siguió al perro. La condujo a un sendero hasta una casa oculta entre una frondosa arboleda. En la casa vivía una anciana. ¿Quién era? ¿Un hada o un espíritu benévolo? ¡Quién sabe!
—Ven, pequeña –le dijo la anciana a Juanita–. Entra en mi casa. Es hermosa y está llena de tesoros. Durante muchos, muchísimos años he estado esperando que alguien me visitara.
Le enseñó a Juanita su mansión llena de raros y preciosos tesoros.
—Coge todo lo que quieras, pequeña –le dijo–. Todo lo que poseo es tuyo sólo con que lo pidas. Es tu recompensa por haber tenido el valor de tomar el camino que lleva a ningún sitio. Durante todos estos años he estado esperando, pero nunca nadie se atrevió antes a hacer el viaje.
Cargada de oro y de joyas, Juanita se despidió de la bondadosa anciana. El perro la llevó hasta el camino, y ella se volvió a la aldea.
Mientras, los aldeanos habían sospechado que Juanita les había desobedecido y que había tomado el camino prohibido. Ansiosos e inquietos, estaban convencidos de que alguna terrible desgracia le había ocurrido y que no volverían a verla. Se quedaron asombrados al verla llegar por el camino con su preciosa carga de tesoros. Confiadamente les contó la verdad sobre el viaje, mientras ellos escuchaban maravillados y atónitos. Pronto un tropel de aldeanos tomó el camino hacia ningún sitio, ambicionando la recompensa que les esperaba. Caminaron durante días y noches sin detenerse a descansar hasta que llegaron a ningún sitio. No encontraron el pequeño perro, ni la casa, ni a la amable anciana. Se volvieron a la aldea llenos de amargura y contrariedad, maldiciendo a Juanita y acusándola de mentirosa y falsa.
Juanita movió la cabeza y dijo tranquilamente:
—Es cierto que allí hay un tesoro que se puede encontrar, pero sólo para los que se atreven a tomar el camino que conduce a ningún sitio.
 
  • REFLEXIÓN: No hay logros sin riesgos. No se puede tachar de fracasado a quien osa seguir un camino que otros no han practicado. Los verdaderos fracasados son los que no lo intentaron. Cuando un pionero triunfa, se le recuerda como un descubridor; los que no triunfan son recordados como locos y fracasados por los que no se atreven a viajar por caminos intransitados.

11 de noviembre de 2013

PELEA DE COLORES

En cierta ocasión, los colores comenzaron a pelearse. Cada uno quería ser el más importante.
El verde alegaba que era el color de la vida y la esperanza y el más repartido en la naturaleza.
El azul reivindicaba ser el color del agua y del cielo, del mar y de la paz.
El amarillo decía ser el color de la alegría, del sol y de la vitalidad.
El naranja pretendía ser el color de la salud, de la vitamina y de la fuerza. Sólo había que pensar en las naranjas, mangos, zanahorias y calabazas.
El rojo subrayaba su fuerza y valor, su pasión y su fuego.
El púrpura subrayó que era el color de la nobleza y del poder.
El añil hacía notar que era el color del silencio, de la reflexión, de la oración y del pensamiento profundo.
La lluvia observó la disputa e intervino con su fuerza.
Los colores se acurrucaron entre sí y se fundieron en uno.
Cuando cesó la lluvia se desplegaron en forma de arcoíris y todos y cada uno de ellos lució su belleza y se dieron cuenta de la belleza del conjunto.
 
  • REFLEXIÓN: Nadie es una isla... nadie puede vivir aislado de todo y de todos por muy importante o imprescindible que se sienta. Es en la unidad donde mejor se puede observar la diversidad, lo que nos diferencia de los demás, donde cada cual puede mostrar aquello que más le caracteriza o mejor sabe hacer, pero siempre poniéndolo al servicio del conjunto.

20 de octubre de 2013

LAS GOLONDRINAS

Los días se hacían más cortos y más fríos. Las golondrinas sentían el impulso de marcharse en busca de países más cálidos, donde hubiera más sol. Decidieron dejar este paisaje ahora desolado, donde las flores se ajaban y los árboles se quedaban sin hojas.
—¿Irse adónde? –preguntó una de las golondrinas más sabias–. ¿Por qué tenemos que dejar este lugar?
—Porque hemos de encontrar un sitio más caliente donde poder anidar –contestaron a coro algunas de sus amigas.
Pero la golondrina sabia no terminaba de convencerse:
—¿A qué distancia está ese país cálido del que habláis? ¿Y cuánto creéis que nos llevará llegar allí?
Las otras no podían decirlo con seguridad, pero insistían en que debían irse lo más pronto posible, antes de que fuera demasiado tarde.
—No esperaréis a que deje este hermoso nido que he construido sólo para ir en busca de una remota posibilidad de encontrar un sitio mejor –prosiguió la sabia y reflexiva golondrina, exponiendo su estrategia de una manera racional y rehusando dejarse influir por los instintos de sus amigas.
—Bien, evidentemente no podemos convencerte –dijo una de ellas–, pero nosotras nos vamos inmediatamente. Interiormente, todas sentimos la llamada, y nuestros corazones siguen diciéndonos que nos vayamos. Me temo que debemos dejarte aquí, si no quieres venir y unirte a nosotras.
La golondrina razonable se negó a partir. Cuando las demás se hubieron ido, siguió convencida de que había hecho lo mejor. Hubiera sido una locura confiar meramente en sentimientos interiores sin ninguna prueba positiva. Además, ella podía hacer más caliente su confortable nido, y enseguida comenzó a recoger más plumas y trozos de algodón para protegerlo contra los riesgos del frío.
Orgullosa de su restaurado nido, se instaló para resistir la entrada del invierno, creyendo aún que las otras habían sido unas necias al marcharse sin saber concretamente adónde iban. El refuerzo de protección la mantendría seguramente a salvo. Y así se demostró, a pesar de que los días se hacían más cortos y las noches se volvían más frías. Entonces, de repente, comenzó a nevar; pero nuestra razonable y sensata golondrina permaneció caliente en su confortable nido. Convencida, por último, de que estaba a salvo de los zarpazos del invierno, se preguntaba si sus amigas habrían tenido tanta suerte en su fatigoso e imprevisto viaje a lo desconocido.
Mas, como todo estaba cubierto de nieve, el alimento comenzó a escasear. Era imposible encontrar una migaja ni un gusano. Se fue debilitando, volviéndose cada vez más lánguida, hasta que al fin se vio reducida sólo a las plumas y los huesos. Juntamente cuando la nieve comenzaba a derretirse y asomaban los primeros brotes, la vida de la golondrina se extinguió finalmente.
Sus necias e irracionales amigas, que no habían sabido hacer nada mejor que obedecer a la voz interior de su instinto, volvieron pocas semanas después. Una vez más les esperaban días felices; en cambio, su razonable amiga, contraída y mustia, yacía muerta en su confortable nido.
 
  • REFLEXIÓN: Todos tenemos la necesidad de discernir en la vida, de buscar cuál es nuestra vocación. Debemos confiar en nuestros instintos interiores, nuestros sentimientos y aceptarnos como realmente somos. Por otro lado hay que reflexionar sobre los peligros de “racionalizar” todo lo que no encaja dentro de nuestras categorías racionales y, a pesar de todo, ofrece sentido. También hay que aprender a leer los signos de los tiempos que a veces exigen que dejemos nuestros “cómodos nidos”, los intereses creados y el pequeño mundo de nuestro ego.

6 de octubre de 2013

LA CARAVANA

Una caravana del desierto marchaba penosamente por un terreno árido, polvoriento y pedregoso. Todos sus componentes tenían fe absoluta en su guía, y confiadamente dejaban en sus manos todas las decisiones. Especialmente les complacía cuando, debido al intenso calor del día, decidía que viajarían sólo de noche y que dormirían durante el día.
Una noche, en una jornada particularmente agotadora, el guía exclamó de pronto:
—¡Alto! Nos detendremos aquí un momento. Como veis, estamos cruzando en este momento un terreno muy pedregoso. Quiero que os agachéis y cojáis todas las piedras y guijarros que podáis. Si llenáis vuestras bolsas de ellas, podréis llevároslas a casa. Ea, deprisa –prosiguió, dando palmadas–, sólo tenéis cinco minutos antes de reemprender la marcha.
Los viajeros, que únicamente deseaban un prolongado descanso y otro dulce sueño, creyeron que su guía se había vuelto loco.
—¿Piedras? –dijeron–. ¿Qué se cree que somos? ¿Un atajo de camellos o de mulos?.
Solamente algunos de ellos hicieron lo que el guía había sugerido, metiendo unos cuantos puñados de piedras en sus bolsas.
—Bueno, basta –dijo el guía–. En camino de nuevo.
Mientras continuaban su pesado camino durante el resto de la noche, todos se encontraban demasiado cansados para molestarse en hablar; pero todos seguían preguntándose qué podrían significar las extrañas órdenes de su guía.
Cuando el sol se alzó sobre el horizonte, la caravana se detuvo de nuevo y plantaron todas las tiendas. Los pocos viajeros que habían cogido algunas piedras pudieron ahora verlas por primera vez. Con exclamaciones de asombro, comenzaron a gritar:
—¡Santo Dios! Son todas de diferentes colores. Todas brillan y resplandecen. Realmente son piedras preciosas y gemas.
Pero esta sensación de júbilo pronto dio paso a otra de depresión y abatimiento:
—¡Ojalá hubiéramos tenido la cordura de seguir las órdenes del guía y hubiéramos cogido todas las piedras que hubiéramos podido!.
 
  • REFLEXIÓN: Tener conciencia de que la vida es un viaje, aceptando las fatigas y sufrimientos. Confiar en los guías que aparecen en el viaje de la vida. Ir por la vida con alegría, paz y esperanza, ya que no caminamos solos, sino como pueblo, guiándonos y apoyándonos unos a otros. Debemos seguir adelante, no renunciar. No podemos acampar donde nos guste, valor del sacrificio.

19 de septiembre de 2013

EL PÁJARO EN EL POZO

Había una vez un pájaro de brillante plumaje y fuertes alas, que se pasaba los días volando sobre las copas de los árboles encantado de su libertad.
Un día se cayó a un pozo fuera de uso. El pozo era tenebroso y profundo; pero estaba seco, y el pájaro quedó ileso. Fue bajando y bajando hasta tocar el fondo, donde permanecía sin hacer nada para intentar escapar, limitándose a compadecerse.
—Ciertamente voy a morir aquí abajo -gemía-. ¡Qué pájaro tan pobre e infeliz soy! ¿Qué es lo que he hecho para merecer tal suerte?”
Cuanto más consideraba su apurada situación, más se convencía de que otro tenía la culpa de que él se encontrara en el fondo del pozo.
—Yo no tengo la culpa. La culpa es primeramente del estúpido que cavó el pozo -dijo-. Alguien debería haber tapado la boca, y entonces no habría caído dentro. ¿Por qué no me avisó nadie del peligro de volar demasiado bajo por encima de los pozos abiertos? Yo no tengo la culpa de todo eso.
Comenzó a gritar pidiendo ayuda a los transeúntes.
—¡Ayuda... ayuda... ayuuuuuuda! Por favor, ayudadme. Ayudadme a salir de aquí.
La gente miraba dentro del pozo.
—Tienes alas; puedes volar -dijeron-. ¿Por qué no intentas ayudarte tú mismo?
—Si intento volar aquí abajo me lesionaré -gemía el pájaro-. Podría rozarme las alas contra las paredes del pozo. Yo no tengo la culpa de encontrarme metido aquí abajo. Tenéis que hacer algo para sacarme.
La gente le gritaba:
—Hay mucho espacio para volar si tienes cuidado. Tus alas son magníficas. No estás herido. Puedes escapar si realmente quieres.
El pájaro rehusaba intentarlo. Se acurrucaba en el fondo quejándose y lamentándose con cuantos le escuchaban.
—Nadie se preocupa por mí, ese es el problema. La gente no tiene corazón y es cruel; no les interesa ayudar a una pobre criatura como yo.
Las quejas del pájaro le granjearon tanta simpatía que, sin apenas darse cuenta de lo que ocurría, comenzó a alegrarse de vivir en el pozo.
Cada vez pensaba menos en escapar, hasta que por fin ni se le ocurrió intentarlo. Sus alas se ajaron, de modo que, aunque hubiera deseado volar a la libertad, no lo habría conseguido. Ahora, ni él ni nadie podían ayudarle.
De esta manera, compadecido por todos y compadeciéndose a sí mismo, el pájaro vivió el resto de su vida atrapado e infeliz en el fondo del pozo.
 
  • REFLEXIÓN: A menudo nos parece más seguro y más cómodo permanecer atrapados. Por otro lado hay una gran diferencia entre ser ayudado y ser rescatado, y es que podemos buscar ayuda y ánimo en los demás, pero sólo nosotros podemos rescatarnos a nosotros mismos, por esto es primordial confiar en nuestras propias posibilidades. También ocurre que el deseo de ser compadecidos y de sentirnos el centro de la atención de los demás, nos entumece e impide que desarrollemos plenamente nuestro potencial.

12 de agosto de 2013

¿QUÉ PASA SEÑOR TOILER?

El señor Toiler era muy trabajador y ambicioso. Orgulloso de su riqueza y de sus posesiones, la ambición que le impulsaba era llenar por fin su almacén hasta arriba. Sólo cuando estuviera lleno hasta rebosar de sacos de trigo, latas de azúcar, bidones de aceite, latas y cajas de alimentos se sentiría realmente satisfecho.
Cada día se anima a sí mismo a trabajar aún más:
 “Tendré lleno mi almacén pronto sólo con que trabaje duro y no afloje la marcha”.
Por fin, llegó el gran día. Al señor Toiler le fue absolutamente imposible meter nada más en su almacén. Incluso le resultó difícil cerrar la puerta del local.
Pensando en un retiro bien merecido, no pudo, sin embargo, dormir en toda la noche, esperando impaciente inspeccionar de nuevo su almacén por la mañana. Por eso le pareció fácil levantarse incluso antes de lo habitual, y salió deprisa de su casa.
Al llegar a la puerta del almacén, metió nervioso la llave en la cerradura, abriendo al fin la puerta de golpe. Horrorizado, se encontró con que el almacén estaba medio vacío.
“¿Qué le ha ocurrido a mi almacén?”, gimió el señor Toiler. “¡Los ladrones deben haber entrado durante la noche, robando la mitad de mis existencias!”.
Irritado, comenzó a examinar todo lo que quedaba, comprobándolo con la lista original para descubrir lo que había desaparecido. Sin embargo, todo parecía estar allí. No pudo comprobar la desaparición de un solo artículo. ¿Cómo podía entonces estar medio vacío el almacén si todas las existencias seguían allí?
“Bueno, no hay nada que hacer”, concluyó, “excepto trabajar aún más hasta que mi almacén esté lleno de nuevo hasta los topes”.
Durante muchos meses más el señor Toiler siguió trabajando aún con mayor ardor que antes, hasta que las puertas del almacén apenas se pudieron cerrar de nuevo. Después de otra noche de insomnio, volvió apresuradamente para hacer una inspección triunfal; pero, con mayor espanto aún que en la primera ocasión comprobó que faltaba la mitad de las existencias. Una vez más contó todo lo que quedaba comparándolo con la lista original. Cosa extraña; todo parecía intacto y no podía sospechar ciertamente de los ladrones. No quedaba más que hacer que trabajar todavía más y el señor Toiler consiguió por tercera vez llenar su almacén. Mas por tercera vez lo encontró de nuevo a la mañana siguiente lleno sólo a medias. El señor Toiler estaba lejos de caer en la cuenta de que sus riquezas no disminuían, sino que su almacén se ampliaba, dejando siempre espacio para un mayor suministro.
 
  • REFLEXIÓN: Tenemos que reflexionar sobre los peligros de la preocupación exclusiva por la prosperidad material, de la opresión del consumismo y la ilusión de que el progreso debe ser inevitable. También podemos pensar en la ambición, en la obsesión de nuestra sociedad actual por adquirir posesiones materiales siempre mayores. La finalidad no debe ser “el tener y el poseer”, sino “el ser y el disfrutar”. Pensemos en las ventajas de una vida de moderación; estar contento con lo que se tiene en lugar de suspirar por más.