19 de septiembre de 2013

EL PÁJARO EN EL POZO

Había una vez un pájaro de brillante plumaje y fuertes alas, que se pasaba los días volando sobre las copas de los árboles encantado de su libertad.
Un día se cayó a un pozo fuera de uso. El pozo era tenebroso y profundo; pero estaba seco, y el pájaro quedó ileso. Fue bajando y bajando hasta tocar el fondo, donde permanecía sin hacer nada para intentar escapar, limitándose a compadecerse.
—Ciertamente voy a morir aquí abajo -gemía-. ¡Qué pájaro tan pobre e infeliz soy! ¿Qué es lo que he hecho para merecer tal suerte?”
Cuanto más consideraba su apurada situación, más se convencía de que otro tenía la culpa de que él se encontrara en el fondo del pozo.
—Yo no tengo la culpa. La culpa es primeramente del estúpido que cavó el pozo -dijo-. Alguien debería haber tapado la boca, y entonces no habría caído dentro. ¿Por qué no me avisó nadie del peligro de volar demasiado bajo por encima de los pozos abiertos? Yo no tengo la culpa de todo eso.
Comenzó a gritar pidiendo ayuda a los transeúntes.
—¡Ayuda... ayuda... ayuuuuuuda! Por favor, ayudadme. Ayudadme a salir de aquí.
La gente miraba dentro del pozo.
—Tienes alas; puedes volar -dijeron-. ¿Por qué no intentas ayudarte tú mismo?
—Si intento volar aquí abajo me lesionaré -gemía el pájaro-. Podría rozarme las alas contra las paredes del pozo. Yo no tengo la culpa de encontrarme metido aquí abajo. Tenéis que hacer algo para sacarme.
La gente le gritaba:
—Hay mucho espacio para volar si tienes cuidado. Tus alas son magníficas. No estás herido. Puedes escapar si realmente quieres.
El pájaro rehusaba intentarlo. Se acurrucaba en el fondo quejándose y lamentándose con cuantos le escuchaban.
—Nadie se preocupa por mí, ese es el problema. La gente no tiene corazón y es cruel; no les interesa ayudar a una pobre criatura como yo.
Las quejas del pájaro le granjearon tanta simpatía que, sin apenas darse cuenta de lo que ocurría, comenzó a alegrarse de vivir en el pozo.
Cada vez pensaba menos en escapar, hasta que por fin ni se le ocurrió intentarlo. Sus alas se ajaron, de modo que, aunque hubiera deseado volar a la libertad, no lo habría conseguido. Ahora, ni él ni nadie podían ayudarle.
De esta manera, compadecido por todos y compadeciéndose a sí mismo, el pájaro vivió el resto de su vida atrapado e infeliz en el fondo del pozo.
 
  • REFLEXIÓN: A menudo nos parece más seguro y más cómodo permanecer atrapados. Por otro lado hay una gran diferencia entre ser ayudado y ser rescatado, y es que podemos buscar ayuda y ánimo en los demás, pero sólo nosotros podemos rescatarnos a nosotros mismos, por esto es primordial confiar en nuestras propias posibilidades. También ocurre que el deseo de ser compadecidos y de sentirnos el centro de la atención de los demás, nos entumece e impide que desarrollemos plenamente nuestro potencial.

12 de agosto de 2013

¿QUÉ PASA SEÑOR TOILER?

El señor Toiler era muy trabajador y ambicioso. Orgulloso de su riqueza y de sus posesiones, la ambición que le impulsaba era llenar por fin su almacén hasta arriba. Sólo cuando estuviera lleno hasta rebosar de sacos de trigo, latas de azúcar, bidones de aceite, latas y cajas de alimentos se sentiría realmente satisfecho.
Cada día se anima a sí mismo a trabajar aún más:
 “Tendré lleno mi almacén pronto sólo con que trabaje duro y no afloje la marcha”.
Por fin, llegó el gran día. Al señor Toiler le fue absolutamente imposible meter nada más en su almacén. Incluso le resultó difícil cerrar la puerta del local.
Pensando en un retiro bien merecido, no pudo, sin embargo, dormir en toda la noche, esperando impaciente inspeccionar de nuevo su almacén por la mañana. Por eso le pareció fácil levantarse incluso antes de lo habitual, y salió deprisa de su casa.
Al llegar a la puerta del almacén, metió nervioso la llave en la cerradura, abriendo al fin la puerta de golpe. Horrorizado, se encontró con que el almacén estaba medio vacío.
“¿Qué le ha ocurrido a mi almacén?”, gimió el señor Toiler. “¡Los ladrones deben haber entrado durante la noche, robando la mitad de mis existencias!”.
Irritado, comenzó a examinar todo lo que quedaba, comprobándolo con la lista original para descubrir lo que había desaparecido. Sin embargo, todo parecía estar allí. No pudo comprobar la desaparición de un solo artículo. ¿Cómo podía entonces estar medio vacío el almacén si todas las existencias seguían allí?
“Bueno, no hay nada que hacer”, concluyó, “excepto trabajar aún más hasta que mi almacén esté lleno de nuevo hasta los topes”.
Durante muchos meses más el señor Toiler siguió trabajando aún con mayor ardor que antes, hasta que las puertas del almacén apenas se pudieron cerrar de nuevo. Después de otra noche de insomnio, volvió apresuradamente para hacer una inspección triunfal; pero, con mayor espanto aún que en la primera ocasión comprobó que faltaba la mitad de las existencias. Una vez más contó todo lo que quedaba comparándolo con la lista original. Cosa extraña; todo parecía intacto y no podía sospechar ciertamente de los ladrones. No quedaba más que hacer que trabajar todavía más y el señor Toiler consiguió por tercera vez llenar su almacén. Mas por tercera vez lo encontró de nuevo a la mañana siguiente lleno sólo a medias. El señor Toiler estaba lejos de caer en la cuenta de que sus riquezas no disminuían, sino que su almacén se ampliaba, dejando siempre espacio para un mayor suministro.
 
  • REFLEXIÓN: Tenemos que reflexionar sobre los peligros de la preocupación exclusiva por la prosperidad material, de la opresión del consumismo y la ilusión de que el progreso debe ser inevitable. También podemos pensar en la ambición, en la obsesión de nuestra sociedad actual por adquirir posesiones materiales siempre mayores. La finalidad no debe ser “el tener y el poseer”, sino “el ser y el disfrutar”. Pensemos en las ventajas de una vida de moderación; estar contento con lo que se tiene en lugar de suspirar por más.

18 de julio de 2013

¡¡ POR FAVOR, AYÚDENME !!

Un pez fue arrojado a la playa por una fuerte ola. Por más que lo intentó, no pudo volver al agua. Desesperadamente se puso a pedir ayuda:
—¡Por favor, ayúdenme! Me falta la respiración. ¡Por favor, que alguien me devuelva al agua!
Pasaba por allí un hombre rico, que oyó los gritos del pez.
—Me gustaría ayudarte –dijo–, pero voy al banco y ando mal de tiempo. Lo siento. Te ruego que me perdones.
El pez siguió haciendo esfuerzos y gritando, hasta que atrajo la atención de un turista que pasaba por allí.
—Me gustaría ayudarte –dijo el turista–, pero no sé cómo hacerlo. ¡Si al menos tuviera algo para empujarte hacia el mar! Pero no llevo nada. Estoy de vacaciones, ¿sabes?
—Use un palo o una rama, o sencillamente cójame en la mano. Por favor, se lo ruego, devuélvame al mar –dijo el pez.
El turista miró perplejo.
—Supongo que podría hacerlo; pero, pensándolo bien, quizá sea mejor que te ayudes a ti mismo. Estoy seguro de que encontrarás el modo de arreglártelas si lo intentas. Después de todo, “el que la sigue, la consigue”.
Sacó una foto del pez moribundo y se fue.
Una mujer que pasaba por allí oyó los gritos del pez. Él le pidió que le ayudara:
—Me estoy muriendo. Por favor, devuélvame al agua. Por favor, deprisa. No sobreviviré mucho más.
La mujer lo miró compasiva; pero dijo:
—Antes de ayudarte, necesito conocer tu caso. Dime todo lo que ha pasado para que te encuentres en esta situación.
El pez se lo contó todo sobre él, su familia, su vida pasada, sus intereses y sus creencias. La mujer escuchó atentamente; entonces dijo:
—Antes de devolverte al mar, quiero que reflexiones cuidadosamente primero sobre cómo has llegado a encontrarte aquí. Has de estar seguro de que una vez que te devuelva al mar, nunca volverás a ponerte en esta situación.
Para entonces, el pez había muerto. La mujer meneó la cabeza y se fue.
Pasó por allí un anciano y vio el pez muerto.
—¡Qué cruel es el mar! –dijo indiferente–. De nada sirve preocuparse del pez, porque ¿qué se puede hacer? Así es la vida. No es culpa de nadie.
La playa quedó en silencio y desierta un buen rato. Creció la marea y una ola piadosa levantó el cuerpo del pez y lo devolvió al mar. El turista volvió a pasar, vio al pez en el agua y dijo:
—¡Lo ves! ¡Tenía yo razón! Cuando uno quiere ayudarse a sí mismo de veras, siempre hay un medio. Ese pez ha vuelto al mar.
 
  • REFLEXIÓN: Necesitamos desarrollar en nosotros mismos y en los demás la conciencia de las injusticias, la opresión y explotación de la sociedad moderna. Esto significa examinar nuestra conciencia y preguntarnos por las razones que nos damos para no hacer nada. Se nos pide que no nos mostremos indiferentes con los necesitados. No es nuestra proximidad física ni compartir nuestros bienes o valores lo que nos hace buenos prójimos, sino nuestra respuesta a los gritos de los que están necesitados.

27 de junio de 2013

SE BUSCAN PROFESORES

Los animales que vivían en el bosque decidieron que había llegado la hora de abrir una escuela para sus pequeños.
Los que tenían a su cargo la proyectada escuela pusieron un anuncio en los periódicos locales que decía:
«Se necesitan profesores para escuela nueva. Entrevistas el domingo por la mañana. Sólo se admiten solicitudes de quienes tengan títulos adecuados».
El domingo por la mañana los presuntos profesores esperaban fuera de la sala de entrevistas.
El primero en aparecer ante el comité seleccionador fue un gorrión. Tímidamente dijo:
—Deseo solicitar el puesto de profesor de canto.
La comisión comenzó a preguntar al pequeño gorrión.
—¿Sabe cantar? –le preguntaron–. ¿Es un cantor con experiencia?
—Desde luego; canto muy bien. Llevo cantando desde el día que nací –contestó el gorrión.
Dicho esto comenzó a cantar una armoniosa y delicada melodía. De repente, la comisión le interrumpió.
—No nos interesa lo bien que sepa cantar. Lo que queremos saber es dónde ha aprendido y los títulos y diplomas que posee. No podemos tomar en cuenta su petición a menos que posea títulos adecuados.
El gorrión se quedó desconcertado.
—Yo sé cantar, como han oído; pero no poseo diplomas ni títulos –dijo.
—En tal caso, no podemos admitirle –dijo bruscamente la comisión–. No nos interesan profesores sin título.
El siguiente candidato entrevistado fue un delfín.
—Deseo ser empleado como preceptor de natación en su nueva escuela –dijo.
—¿Dónde ha aprendido a nadar? –preguntó la comisión–. Es de suponer que tendrá un título o certificado de alguna institución de natación.
El delfín movió la cabeza apesadumbrado.
—Lo siento –dijo–. Soy un excelente nadador y un profesor amable y benévolo, pero no poseo títulos.
La comisión le despidió sin escucharle más.
—No tenemos en cuenta las solicitudes de quienes no poseen títulos –dijeron.
Uno tras otros, fueron entrevistados el resto de los solicitantes. Las abejas dijeron:
—Deseamos solicitar el puesto para la sección de trabajos manuales de su escuela. Nuestras colmenas son una maravilla de formas intrincadas y un primor. Somos pacientes y laboriosas. Seríamos buenas profesoras de manualidades.
Pero al enterarse de que no poseían título alguno, la comisión las rechazó.
Un ciervo solicitó dar clases de carreras, y un mono pidió el puesto de preceptor de gimnasia. Una araña quería enseñar a los pequeños a hilar. Todos ellos fueron rechazados por carecer de los necesarios requisitos.
Al final la comisión decidió que no era posible abrir una nueva escuela por falta de personal bien instruido y titulado.
 
  • REFLEXIÓN: La educación es un proceso que abarca a todo el ser humano. Supera con mucho la instrucción que se puede ofrecer en las instituciones de enseñanza. En nuestra sociedad sufrimos el síndrome de “titulitis”, conocido por no aceptar a quien no tiene un título que lo avale y lo encasille, sin pensar que hay cosas en la vida que se aprenden sin necesidad de un manual de instrucciones. Una educación muy exclusiva puede ser una educación muy pobre para la vida.

7 de junio de 2013

EL PEZ VELOZ

Había una escuela de peces pequeños, que vivían felices en el océano. Uno de ellos tenía dotes tan extraordinarias que sus amigos le dieron un apodo. Le llamaban “el veloz”.
Un día un pez enorme pasó junto a la escuela mirando a todos como un inocente transeúnte, hasta que, de pronto, se los tragó a todos. A todos excepto a “el veloz”, que se las ingenió para escapar.
“El veloz” escapó porque, al ser pequeño, era muy cauteloso siempre que veía un pez más grande que él. Era tan rápido y ágil que ponía furiosos a los peces grandes, saltando por encima de ellos y desapareciendo luego como una flecha antes de que pudieran cogerle.
“El veloz” estaba resuelto a explorar todas las bellezas del mundo subterráneo y no quería dejar que el miedo se lo impidiera. Mientras que el resto de sus amigos estaban comiendo, él proseguía valientemente sus viajes de descubrimientos solo.
Mucho tiempo después encontró otra escuela de peces pequeños exactamente igual que la suya. ¡Qué feliz se sintió de encontrar de nuevo compañía!
Ellos le escuchaban embelesados cuando les describía los espectáculos que había contemplado y los lugares que había visitado. Les habló de la triste suerte de la última escuela de la que había formado parte, y ellos admitieron que también tenían miedo de los peces grandes.
Pero “el veloz” era listo y había aprendido mucho acerca de cómo sobrevivir en sus solitarios viajes por el océano.
—Escuchadme -les dijo a los peces pequeños-. Sólo hay una manera de seguir vivos y de disfrutar de todo lo que la vida nos ofrece. Debemos unirnos y permanecer juntos. Agrupémonos de tal manera que parezcamos un pez enorme, y de esa manera infundiremos temor a todos los peces grandes y nos dejarán solos.
Los peces pequeños se agruparon en forma de un pez, con “el veloz” delante como el ojo vigilante de una criatura simulada. Viajando en formación, exploraron el mar feliz y tranquilo. A partir de entonces, los peces grandes les temían y respetaban.
 
  • REFLEXIÓN: Todos pertenecemos a grupos y somos miembros de la sociedad. A nosotros nos toca decidir si nos alineamos con los poderosos o con los impotentes. Por otro lado “protegiéndose mutuamente es como vive la gente”, este dicho nos recuerda que todos somos responsables los unos de los otros y de las estructuras sociales a las que pertenecemos.

23 de mayo de 2013

¿QUÉ GUÍA SEGUIR?

Un hombre tenía que hacer un viaje a pie a través de una formidable cadena de montañas. No conocía el camino y sentía miedo.
Se las ingenió para obtener un mapa detallado de la región, que indicaba claramente todas las rutas, senderos y caminos. Se decía:
—Este mapa me será útil; pero si pudiera viajar con un guía local, con alguien que conozca el camino de memoria, me sentiría mucho más seguro.
Como la suerte le acompañaba, el viajero encontró un habitante del lugar que llevaba el mismo destino y estaba familiarizado con la ruta. Los hombres se pusieron en camino juntos, caminando uno al lado del otro. Nuestro viajero llevaba el mapa y lo consultaba a cada giro y vuelta que daban, sintiéndose satisfecho al descubrir que su compañero seguía exactamente la ruta indicada en el mapa.
De pronto, con gran sobresalto del viajero, su guía tomó un sendero que no estaba indicado.
—Amigo, ¿a dónde nos lleva este camino? –preguntó–. Este camino no está indicado en mi mapa, y me da miedo seguirle. ¿Acaso quiere que nos perdamos y perezcamos en las montañas?
Su compañero le explicó:
—Lo que usted no sabe es que el sendero del mapa ha quedado recientemente destruido por un corrimiento de tierras y no está practicable. No se preocupe. Confíe en mí más que en el mapa. Yo le indicaré otro camino si quiere seguirme.
El viajero se negó en redondo:
—No; no le seguiré. ¿Cómo puede pedirme que le siga por una ruta que no está indicada? Estoy más seguro ateniéndome a los senderos que mi mapa me dice que use.
—Confíe en mí, amigo –insistía el guía–. Conozco estas montañas de toda la vida. He nacido aquí y aquí me he criado. Sé a dónde voy. Estará a salvo si me sigue.
Pero el viajero no se convenció.
—Lo siento; pero si insiste en tomar un camino diferente, yo seguiré el mío. Prefiero confiar en el mapa a aceptar su palabra.
El viajero y su acompañante se separaron. El viajero caminaba llevando el mapa en la mano, mientras que el otro se guiaba por la experiencia. El habitante del lugar llegó a su destino. En cuanto al viajero, nadie sabe lo que le acaeció.

  • REFLEXIÓN: Para ser un buen guía hay que haber experimentado lo que enseñamos. Los conocimientos académicos son buenos, pero no bastan. Las reglas y normas deben ser nuestras guías, no nuestros maestros. Sólo sabemos realmente lo que hemos experimentado personalmente. El pensamiento racional y lineal no es suficiente para todas las situaciones de la vida. Necesitamos también confiar en nuestras experiencias, intuiciones e inspiraciones. Por último pensar que es difícil dejarse guiar por otro, porque se tiene miedo a ceder el control propio a alguien más.