14 de diciembre de 2012

TORNEO DE CANTO

Una vez, llegó a la selva un búho que había estado en cautiverio, y explicó a todos los demás animales las costumbres de los humanos.
Contaba, por ejemplo, que en las ciudades los hombres calificaban a los artistas por competencias, a fin de decidir quiénes eran los mejores en cada disciplina: pintura, dibujo, escultura, canto...
La idea de adoptar costumbres humanas prendió con fuerza entre los animales y quizá por ello se organizó de inmediato un concurso de canto, en el que se inscribieron rápidamente casi todos los presentes, desde el jilguero hasta el rinoceronte.
Guiados por el búho, que había aprendido en la ciudad, se decretó que el concurso se fallaría por voto secreto y universal de todos los concursantes, que, de este modo, serían su propio jurado.
Así fue. Todos los animales, incluido el hombre, subieron al estrado y cantaron, recibiendo un mayor o menor aplauso de la audiencia. Después anotaron su voto en un papelito y lo colocaron, doblado, en una gran urna que estaba vigilada por el búho.
Cuando llegó el momento del recuento, el búho subió al improvisado escenario y, flanqueado por dos ancianos monos, abrió la urna para comenzar el recuento de los votos de aquel «transparente acto electoral», «gala del voto universal y secreto» y «ejemplo de vocación democrática», como había oído decir a los políticos de las ciudades.
Uno de los ancianos sacó el primer voto, y el búho, ante la emoción general, gritó:
—El primer voto, hermanos, es para nuestro amigo ¡el burro!
Se produjo un silencio, seguido de algunos tímidos aplausos.
—Segundo voto: ¡el burro!
Desconcierto general.
—Tercero: ¡el burro!
Los concurrentes empezaron a mirarse unos a otros, sorprendidos al principio, con ojos acusadores después y, por último, al seguir apareciendo votos para el burro, cada vez más avergonzados y sintiéndose culpables por sus propios votos.
Todos sabían que no había peor canto que el desastroso rebuzno del equino. Sin embargo, uno tras otro, los votos lo elegían como el mejor de los cantantes.
Y así, sucedió que, terminado el escrutinio, quedó decidido por «libre elección del imparcial jurado» que el desigual y estridente grito del burro era el ganador.
Y fue declarado como «la mejor voz de la selva y alrededores».
El búho explicó después lo sucedido: cada concursante, considerándose a sí mismo el indudable vencedor, había dado su voto al menos cualificado de los concursantes, aquél que no podía representar amenaza alguna.
La votación fue casi unánime. Sólo dos votos no fueron para el burro: el del propio burro, que creía que no tenía nada que perder y había votado sinceramente por el jilguero, y el del hombre, que, cómo no, había votado por sí mismo.
 
  • REFLEXIÓN: Cuando nos sentimos tan importantes que no hay espacio para otros, cuando nos creemos tan merecedores que no podemos ver más allá, cuando nos imaginamos tan maravillosos que no concebimos otra posibilidad que no sea poseer lo deseado, entonces, muchas veces, la vanidad, la miseria, la estupidez y la cortedad nos vuelven mezquinos.

24 de noviembre de 2012

MARGARITA LA DIRECTORA

Margarita era una profesora joven, entusiasta y muy popular. Sus alumnos la querían y los padres de ellos la tenían en gran estima. Era querida y respetada por sus colegas, admirada por sus superiores y por los administradores del colegio.
Le gustaba estar con los niños, charlar con ellos y tomar parte en sus juegos durante las horas del recreo. Todo el mundo incluyendo a los alumnos, la llamaban por su nombre de pila.
Al jubilarse la directora, muchos de los directivos, administradores y padres pidieron a Margarita que se presentara a la vacante. En realidad, nunca había entrado en sus cálculos ser directora, pero al fin la persuadieron a que presentara la solicitud. Después de ser seleccionada y entrevistada, fue nombrada directora en su momento.
Las felicitaciones que siguieron hicieron a Margarita muy feliz en su nuevo puesto, pero se preguntaba también si, aislada en cierto momento en su despacho, no perdería el estrecho contacto con los niños, a los que veía todos los días en clase.
Pronto, sin embargo, los niños se sintieron felices de poder demostrarle la misma amistad, y durante el recreo había siempre un montón entrando por su puerta. Les encantaba visitarla en su despacho para charlar con ella e invitarla a participar en sus juegos. Pero todos la llamaban simplemente “Margarita”.
Con frecuencia los niños llegaban tarde a clase después del recreo debido a la aglomeración que se juntaba en el despacho de la directora. Esto la preocupaba, y decidió adoptar una actitud más estricta. En adelante los alumnos debían hacer cola ante su puerta, y no entrar todos de golpe. También les dijo que la llamaran “directora”, en vez del tratamiento demasiado familiar de “Margarita”.
Aunque comenzaron a formarse colas más ordenadas, nadie parecía hacer caso de la petición de Margarita sobre darle el tratamiento de directora. Todos seguían llamándola por su nombre de pila. Esto comenzó a molestarla.
Decidió mandar imprimir un letrero grande con la palabra DIRECTORA impresa en forma llamativa, y lo colocó delante de ella en la mesa. Sin embargo, los adultos y los niños insistían en llamarla por su nombre.
Aunque eran menos los niños que requerían su atención durante las horas del recreo, iba en aumento su disgusto por la forma familiar de tratarla. Por eso hizo imprimir un letrero mucho mayor, de forma que nadie pudiera evitar ver la palabra DIRECTORA. Lo colocó inmediatamente delante de ella, mostrándolo e insistiendo en que se le debía llamar directora.
Lamentablemente, nadie parecía prestar atención al letrero ni molestarse en dirigirse a la directora por ningún nombre. El letrero era tan grande, que los niños no veían por encima de él. Cualquier niño que entraba en la habitación de Margarita creía sinceramente que no había nadie y volvía a salir inmediatamente.
Algunos de los más fieles volvieron en unas pocas ocasiones, pero al final se cansaron de encontrar la habitación aparentemente vacía. En consecuencia, Margarita se quedó allí sola, respetada al fin por todos, pero sin amigos, triste, solitaria y olvidada.
 
  • REFLEXIÓN: Hay que ejercer la autoridad de acuerdo con la dignidad humana, tanto del que está revestido de ella como de cualquiera que esté sujeto a la misma. Hay que distinguir entre autoridad de servicio y autoridad de poder. Por otro lado no debemos dejar de ser nosotros mismos aunque ejerzamos algún tipo de autoridad, no podemos ocultarnos detrás del rol que ejercemos. La historia también nos enseña que el verdadero sentido de la autoridad es ayudar, guiar y orientar, nunca oprimir a las personas, explotarlas o suprimir su libertad individual.

6 de noviembre de 2012

EL MENDIGO Y EL REY

Iba yo pidiendo, de puerta en puerta por el camino de la aldea, cuando un carro de oro apareció a lo lejos como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey magnífico.
Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo.
La carroza se paró a mi lado. Aquel rey me miró y bajó sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin.
Y de pronto, él me tendió su mano diciéndome: «¿Puedes tú darme alguna cosa?».
¡Ah, qué ocurrencia de su realeza! ¡Pedirle a un mendigo!
Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo y se lo di.
Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón.
¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para darle todo!
 
  • REFLEXIÓN: Nuestro egoísmo no nos deja en muchos casos compartir con los demás nuestras posesiones, y sin embargo, cuando la vida se comparte, de forma milagrosa, se multiplica.

30 de octubre de 2012

EL VERDADERO VALOR DEL ANILLO

Ésta es una vieja historia de un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.
—Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
—Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después... –Y, haciendo una pausa, agregó–: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
—E... encantado, maestro –titubeó le joven, sintiendo, que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
—Bien –continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió–: Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
—Maestro –dijo–, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
—Eso que has dicho es muy importante, joven amigo –contestó sonriente el maestro–Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:
—Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
—¿Cincuenta y ocho monedas? –exclamó el joven.
—Sí –replicó el joyero–. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
—Siéntate –dijo el maestro después de escucharlo–. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.
 
  • REFLEXIÓN: Todos necesitamos ser reconocidos y valorados por los demás. Todos necesitamos el respeto y la estima de los demás para poder construir nuestra propia autoestima. Además para el que sabe ver, el ser humano no tiene precio, su valor es realmente incalculable. Si realmente somos afectuosos, tolerantes, y menos egoístas e intransigentes podremos aprender a valorar a las personas en su justa dimensión, con autenticidad, sin menosprecios y engaños.

10 de octubre de 2012

INICIANDO OTRO VIAJE

Un conocido viajero volvió de un largo recorrido, y como venía sucediendo cada vez que regresaba, muchas personas vinieron para escuchar la narración de sus andanzas por otras tierras. Sabedor de esta circunstancia, el viajero tenía ya preparado su discurso, tan preparado que se lo sabía de memoria. Iba a contar lo de siempre (“yo he hecho...”, “yo he ido...”) para conseguir el mismo resultado de siempre. Sin embargo, esta vez vio que sus palabras no generaban el entusiasmo de otras ocasiones: algunos de los presentes daban muestras de aburrimiento, otros le miraban con ojos vacíos...
El viajero aumentó el tono de la voz pensando que así conseguiría un mayor interés, pero lo único que consiguió fue sobresaltar a los que dormitaban. Alguien osó levantarse y salir. Esto desconcertó al viajero: nunca antes alguien había salido sin esperar el final de su narración. Aumentó aún más el tono de su voz, pero el ejemplo del primero en levantarse fue seguido por otro, y otra, y otros más... Casi a gritos el viajero continuó el discurso que tenía aprendido de memoria y que, costase lo que costase, tenía que terminar. Cuando llegó al final, agotado por el esfuerzo, sólo quedaban dos personas junto a él.
—¿Cuál ha sido tu viaje interior? –preguntó la primera.
—¿Cómo eran las personas que has encontrado? ¿Has participado de sus vidas? ¿Cuáles eran sus sueños? –preguntó la segunda.
El viajero no sabía qué responder, estas preguntas quedaban muy lejos de sus preocupaciones cuando emprendía un viaje y quedaban también muy lejos de lo que él contaba a la vuelta.
Pero gracias a ellas descubrió la razón de su fracaso: en su viaje se había limitado a recorrer kilómetros con mirada distraída y sin interés por conocer la vida de los que allí moraban porque creía saberlo todo... Además, sus vecinos habían cambiado y no eran los mismos, ahora eran mucho más mestizos culturalmente, y en mentalidad: buscaban la experiencia vital, la hondura del encuentro humano...
Y se dio cuenta de que los ojos de mirada vacía que había observado reflejaban su interior.
 
  • REFLEXIÓN: El viajero aburrió a todos los presentes porque realmente no tenía nada importante que contar. Lo verdaderamente importante es lo que tú vivas interiormente y la relación con los que se van cruzando en nuestras vidas. La vida en sí misma es un viaje, y de nosotros depende el creer que ya lo sabemos todo, o bien dejarnos sorprender por las cosas y las personas que vamos descubriendo en el camino.

23 de septiembre de 2012

MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA

Y llegó el tiempo en que las hojas caen de los árboles. Una de ellas veía cómo sus hermanas se iban volviendo amarillas, se secaban y caían. Al inicio pensaba que iban a emprender otro viaje, pero mirando hacia abajo se dio cuenta de la realidad: caían para pudrirse en el suelo. Esta hoja se rebeló: “Yo estoy bien aquí, no tengo por qué secarme y dejar mi árbol, quiero seguir viviendo”. Y de hecho allí se quedó, desafiando a los vientos que empezaban a soplar con fuerza. A duras penas mantenía su color verde, pero ella se decía a sí misma que estaba bien, que ése era su lugar y que no tenía ninguna necesidad de dejarse caer para desaparecer.
Pasaron los días y ella fue la única hoja que quedó en el árbol. El árbol intentaba desembarazarse de ella, pero la hoja se aferraba con todas sus fuerzas al tronco para no caer. Alguien que pasaba un día por allí se dio cuenta y se quedó sorprendido. Llamó a sus amigos, que a su vez llamaron a otros amigos, y a otros más... Aquella hoja se convirtió en el centro de atención. Incluso una televisión local vino con sus cámaras. ¡Qué orgullosa estaba la hoja! Sus sufrimientos y el frío que estaba pasando tenían su recompensa. En esos momentos sí que ella hubiese preferido quedarse sola, sin el tronco, porque ese tronco del que dependía para estar allí arriba y huir de la caída inevitable le robaba protagonismo.
El tiempo fue pasando y llegó el invierno. Pocas personas paseaban y ya nadie prestaba atención a aquella hoja extravagante.
Llegaron las primeras nieves y las heladas. La hoja se congeló y así permaneció muchos días. Un niño travieso se dedicó a tirarle piedras y una le alcanzó. Como estaba helada, la hoja se partió por la mitad, pero no cayó y allí se mantuvo hasta la llegada de la primavera.
Por fin la hoja tenía compañeras, pero ¡qué desesperación!...
Las nuevas llegadas tenían un color verde mucho más brillante, estaban enteras y llenas de energía. La hoja vieja no se movía y su color mate hacía temer lo que las demás sospechaban pero no se atrevían a comprobar: ¡estaba muerta!
 
  • REFLEXIÓN: A veces deseamos huir de nuestra verdadera personalidad, utilizamos distintas máscaras y ponemos en ellos demasiado esfuerzo que no nos merece la pena. Lo importante es saber lo que realmente somos, cuáles son nuestras metas en la vida, cuál es nuestro proyecto personal. La historia nos enseña que hay que morir a ciertos aspectos negativos de nuestra personalidad para poder potenciar otros y vivir realmente. Sólo dejando morir lo negativo podrá resurgir lo mejor de nosotros mismos.