31 de mayo de 2016

LA MANZANA PERFECTA

Apenas había concluido un hombre santo su alocución cuando un bromista sin modales de entre los asistentes le dijo:
—En lugar de tejer teorías espirituales, ¿por qué no nos muestras algo práctico?
El pobre hombre santo quedó absolutamente perplejo.
—¿Qué clase de cosa práctica quieres que te muestre? –le preguntó.
Satisfecho de haber mortificado al hombre santo riéndose de él,  y de causar impresión a los presentes, el bromista dijo con ironía:
—Muéstranos, por ejemplo, una manzana del Jardín del Edén.
El hombre santo tomó inmediatamente una manzana y se la presentó al individuo. 
—Pero esta manzana –dijo éste– está podrida por un lado. Seguramente una manzana celestial debería ser perfecta.
—Es verdad. Una manzana celestial debería ser perfecta –dijo el hombre santo–. Pero, dadas tus posibilidades reales, esto es lo más parecido que jamás podrás tener a una manzana celestial.
 
  • REFLEXIÓN: ¿Puede un hombre esperar ver algo perfecto con una mirada imperfecta? ¿O detectar la bondad en los demás cuando su propio corazón es egoísta?

2 de mayo de 2016

EL ZORRO Y EL LEÓN

En el país de la selva, imperaba la ley del más fuerte, por eso en ella reinaba el León. Carente de virtudes morales, huraño y perezoso, basaba su poder sólo en la fuerza, en sus poderosos músculos, en sus potentes garras, en sus feroces bramidos. Todo ello le servía para tener el control, (cuando rugía, a todo el mundo hacía estremecer). Por eso el alimento era cosa vital, no solo para el cuerpo, sino, básicamente, para sostener su reinado, tarea que día a día se le iba haciendo más difícil, dado que algunos animales, los más lúcidos, poco a poco iban descubriendo sus mañas y ya no eran presas fáciles de caer en sus garras. La realidad era que cada vez le iban quedando menos animalitos para procurarse sustento -entre esos estaban las cándidas cabras-. Ello convertía su necesidad de mantener su trono en un engorro permanente.
Un día caminaba por los montes un Zorro hambriento, relamiéndose los bigotes por unas cabras que a unos pasos veía inocentes jugar. Las cabras eran fáciles de capturar, porque eran tontas y tenían un despiste y curiosidad natural, pero se necesitaba fuerza y velocidad para no dejarlas escapar, cualidades que el Zorro, apesadumbrado reconocía, no las tenía.
En esas tristes cavilaciones se encontraba, cuando a lo lejos divisó al León, que aburrido entre las matas esperaba inútilmente que las cabras se acercaran a una distancia donde él pudiera propinar su zarpazo fatal. 
El Zorro distinguió su aburrimiento viéndolo contar las moscas que le revoloteaban por la nariz. Entonces los ojos se le iluminaron, inspirado tal vez por los silbidos de su panza, se le aguzó la imaginación y puso en marcha su astucia ponderable.
Cauteloso fue acercándose al León.
—¡Hola amigo León... Pobre, qué aburrido se le ve! –dijo, tratando que su voz sonara solidaria.
—¡Ya lo ves!... aquí estoy desde temprano, esperando que esas cabras imbéciles se acerquen hasta aquí! –gruñó el León.
—¡Bueno a mi no me va mejor con ellas... Las tengo cerca pero no tengo la fuerza ni la velocidad que usted tiene!... Por eso amigo, ¡creo que tengo la solución para el problema de los dos! –dijo el Zorro, mientras se le iba arrimando discretamente.
—¿Solución al problema de los dos? ¿Qué estás diciendo Zorro estúpido? –espetó con un bramido el León.
El León se encrespó y preparó las garras para propinar un escarmiento al insolente Zorro, pero se detuvo, pensó un instante, pensó en su hambre, pensó en el aburrimiento que tenía... y reflexionó:
—¿Qué pierdo con escuchar a este insensato? –se dijo para sus adentros– ¡Bueno, habla, que te escucho! -dijo, mientras cazaba al aire una mosca y se la engullía.
—¡Es fácil, muy fácil don León –respondió el Zorro, con tono convincente– ¡Mire, usted se queda quietecito y atento aquí mismo mientras yo me ocupo de llamar la atención de las cabras, las voy atrayendo hacia usted, y cuando las tenga a su alcance, ¡zas, ahí le da el salto y listo!... ¿Qué le parece la idea?
El León pensó un instante y creyó que no perdía nada con intentarlo y le dijo:
—Sólo una cosa más, Zorro, ¿qué pretendes a cambio?
—¡Pero, cómo pregunta eso!... No quiero nada más ni menos que lo que usted quiere. ¡Alimento! Y para mí en especial, el honor de comer de su misma mesa! –contestó muy ufano el Zorro.
—¡De acuerdo, trato hecho! –dijo el León y, con un apretón de garras, formalizaron la alianza.
Entonces el Zorro comenzó a desplegar sus habilidades más sibilinas. Se ubicó a una distancia donde pudieran verlo las cabras y ahí mismo empezó a dar brincos, saltos y más saltos y volteretas al aire. Trepaba hasta un árbol cercano y se dejaba caer colgando la cabeza a tierra mientras lanzaba su grito chillón, y siguió así hasta llamar la atención de todas las cabras que, curiosas, comenzaron a acercarse poco a poco a ver qué ocurría...
Ahí el Zorro arremetió con todo su repertorio, arreció con sus cabriolas mientras calculadamente se acercaba cada vez un poco más a los matorrales donde escondido aguardaba el León. 
Las cabras inocentes, cada vez más intrigadas, aleladas iban siguiendo los jugueteos del pillo Zorro. El León, mientras tanto, sin dar crédito a la astucia que comprobaba tenía su compinche, tensó sus músculos y concentró su atención al máximo, esperando atento el momento infalible. Cuando tuvo a su alcance una hermosa cabra y supo que no podía fallar, dio el salto y de un zarpazo la cazó y comenzó su faena. 
Contento el Zorro dio un aullido de victoria y quiso sumarse al festín, el León con un gruñido que heló la sangre, le dio un zarpazo que lo dejó quieto.
Sólo cuando se hubo saciado a más no poder, dejó unas sobras miserables que el Zorro, humillado, se dispuso a comer.
 
  • REFLEXIÓN: Cuidado con aquellos que hábilmente pretender engañarnos con sus artimañas, apariencias, palabrería, trucos y banalidades, porque, al final, pueden ser ellos los engañados.

23 de abril de 2016

EL PAÍS FLOTANTE

Kalipandia era un país que constaba de muchas islas. Próspero y más avanzado científicamente que sus vecinos, sus habitantes eran muy felices. El único problema parecía ser el congestionamiento, pues la población había crecido rápidamente, pero el mar fijaba límites a una posterior expansión.
Los científicos y planificadores trabajaron mucho, llegando al fin a dar con la solución: se construirían enormes pilares sobre el fondo del mar, lo suficientemente fuertes como para soportar gigantescas plataformas sobre las que se podrían edificar nuevas ciudades. En sólo unos meses los grandes recursos tecnológicos del país habían creado una silueta, tachonada de altos edificios, que comprendían colegios, escuelas, supermercados, fábricas, teatros e iglesias.
—¡Qué suerte tienen nuestros hijos! –exclamó uno de los profesores–. Ahora tenemos las mejores escuelas del mundo. Nuestros alumnos se convertirán en los científicos más avanzados.
—Ahora tenemos los mejores hospitales que existen –declaró uno de los médicos. Pronto se vencerán todas las enfermedades conocidas y nuestro pueblo seguirá siendo el más sano.
—Somos los más felices del mundo –le dijo Ted, uno de los obreros, a su patrono. Nuestro futuro está seguro, y ahora podemos dedicarnos a disfrutar de la vida a tope.
Algunas semanas después de la apertura oficial de varios edificios, Ted se encontraba descansando en playa cuando observó algo extraño. El mar parecía más alto de lo habitual, y las plataformas sobre las que se habían edificado las nuevas ciudades parecían más cerca de la superficie del agua. Temiendo que el fondo del mar pudiera hundirse, Ted corrió a informar a las autoridades. Pero uno de los ingenieros municipales rechazó terminantemente tal sugerencia.
—¡Tonterías! No tenemos absolutamente dato científico alguno que apoye esa absurda eventualidad. Nuestras ciudades han sido proyectadas por los mejores arquitectos del mundo y construidas por los mejores maestros de obras. No perdamos el tiempo, os ruego, hablando tontamente sobre el hundimiento del fondo del mar.
—Pero yo lo he visto con mis propios ojos –insistió Ted.
—Debes haber estado soñando. Haz el favor de dejarnos en paz –fueron las últimas palabras del ingeniero municipal.
Al salir del ayuntamiento, Ted decidió intentar otro procedimiento. Fue a uno de los hospitales, donde pidió a la recepcionista que pusiera en marcha algún tipo de evacuación para los pacientes. Se avisó inmediatamente a un médico. Este declaró que Ted estaba loco.
—¡Qué disparate! ¿Pero qué te ocurre? ¿Te parece que podemos trasladar a pacientes disminuidos como los nuestros sin razones mucho más poderosas que ésa?
Ted intentó entonces salvar a los niños de los colegios. Se le dijo que los colegios eran los mejores del mundo. La enorme cantidad de tiempo y de dinero empleados en ellos hacía inconcebible que pudieran hundirse alguna vez.
—Al menos –pensó Ted–, la gente ciertamente querrá salvar su dinero.
En consecuencia, intentó prevenir al personal de un banco local; pero sospecharon que intentaba crear confusión y pánico para poder cometer un robo. Llamaron a la policía, y Ted fue arrestado.
A la mañana siguiente en todo el mundo millones de personas leían los titulares de los periódicos: «¡Miles de ahogados! ¡Se hunde un país flotante!»
 
  • REFLEXIÓN: La principal enfermedad del mundo moderno es el colapso de la base misma de nuestra sociedad. Hallar remedios a tales males no sería más que una chapuza insostenible, en lugar de ello necesitamos reestructurar la sociedad desde sus mismos fundamentos, antes de que se desmorone por completo. Hay que hacer frente al reto planteado por la sociedad tecnológica, que, llevada sobre la ola de un progreso ilimitado y de la omnipotencia, se aleja hacia su propia destrucción. Necesitamos preparar (para caso de emergencia) los cimientos de un orden social nuevo, justo, equitativo y estable.

15 de abril de 2016

LOS DOS ANACORETAS

Un anciano yogui estaba meditando a la orilla de un río sagrado. Otro yogui más joven quería impresionarlo. Le gritó desde la orilla opuesta y empezó a cruzar caminando sobre las aguas, hasta llegar junto al anciano, que ni siquiera se inmutó.
—¿No te he dejado boquiabierto? –preguntó el joven.
—¿Cómo has conseguido ese poder? –preguntó el anciano.
El joven anacoreta dijo:
—En verdad, no ha sido fácil. He tardado doce años. He practicado mantras muy secretos, poderosos ejercicios de visualización, penitencias sin límite y una gran austeridad. Durante doce años he seguido una rigurosa ascesis en los montes Himalaya. A veces he estado durante varios días apoyándome sobre una sola pierna o he mantenido un brazo en alto durante horas.
—No dejas de sorprenderme –dijo el anciano.
—Luego te sorprendo, ¿verdad? –comentó con arrogancia y vanidad el joven–. Ya sabía yo que te asombraría.
—Sí, amigo mío, me asombra que hayas hecho tantos esfuerzos durante doce años para fortalecer tu ego siendo tan barato alquilar una barca para cruzar el río.
 
  • REFLEXIÓN: Con frecuencia gastamos nuestra energía intentando aumentar nuestra vanidad y nuestro ego con cosas totalmente inútiles. Nos enredamos en la autoimportancia y la soberbia que no produce más que satisfacción a corto plazo, pero insuficiente si verdaderamente se quiere ser feliz. Empleemos nuestro esfuerzo y energía en cosas realmente importantes que nos produzcan sabiduría y crecimiento real y no en banalidades.

21 de marzo de 2016

DE UNA EN UNA

En una puesta de sol, un amigo nuestro iba caminando por una desierta playa. Mientras andaba empezó a ver que, en la distancia, un joven se acercaba.
A medida que avanzaba, advirtió que era un nativo y que iba inclinándose para recoger algo que luego arrojaba al agua. Una y otra vez arrojaba con fuerza esas cosas al océano. Al aproximarse más, nuestro amigo observó que el joven estaba recogiendo estrellas de mar que la marea había dejado en la playa y que, una por una, volvía a arrojar al agua. Intrigado, el paseante se aproximó al joven para saludarlo.
—Buenas tardes, muchacho. Venía preguntándome qué es lo que haces.
—Estoy devolviendo estrellas de mar al océano. Ahora la marea está baja y ha dejado sobre la playa todas estas estrellas de mar. Si yo no las devuelvo al mar, se morirán por falta de oxígeno –dijo el muchacho.
—Ya entiendo –replicó mi amigo–, pero sobre esta playa debe haber miles de estrellas de mar. Son demasiadas, simplemente. Y lo más probable es que esto esté sucediendo en centenares de playas a lo largo de esta costa. ¿No te das cuenta de que es imposible que lo que puedas hacer sea de verdad importante?
El joven sonrió, se inclinó a recoger otra estrella de mar de la arena y, mientras volvía a arrojarla al mar, contestó:
—Por lo menos ¡para ésta sí que es importante!
A la mañana siguiente aquel hombre se dirigió a la playa, se reunió con el joven y los dos juntos continuaron devolviendo estrellas de mar al océano.
 
  • REFLEXIÓN: El mayor de los errores estriba en no hacer nada porque sólo podemos hacer poco. No actuamos porque creemos que con ello no vamos a cambiar el mundo... quizá no ayudamos a alguien en un preciso momento porque con eso no le vamos a solucionar la vida, pero lo realmente importante es lo que la ayuda puntual pueda suponer para esa persona, pues para ella sí es importante. Pensemos en el valor de la compasión y el trabajo en equipo y también en que cada uno es responsable de sus buenas o malas acciones.

3 de marzo de 2016

EL PÁJARO DE LA INDIA

Un comerciante tenía un pájaro de la India, país al que de vez en cuando viajaba para hacer negocios.
¿Quieres algo de la India? –preguntó el comerciante a su pájaro cuando iba a partir para aquel país.—Quiero mi libertad, pero puesto que no me la concedes, por favor, visita la jungla y a los pájaros de mi especie. Anúnciales que me tienes cautivo. Ése es mi ruego, mi súplica.
Aunque no quería desprenderse del exótico pájaro, el comerciante no tenía mal corazón. Quiso satisfacer al pájaro, fue a la jungla y anunció a las otras aves que lo tenía en cautiverio. Ante su extrañeza, un pájaro de la misma especie que el suyo cayó al suelo inconsciente y el comerciante lo dio por muerto y pensó: «Tanto le ha sorprendido el cautiverio de su familiar, que ha muerto de la impresión».
Tras efectuar sus negocios, el comerciante volvió a su país. Ni que decir tiene que, nada más verlo, el pájaro le preguntó si había anunciado su cautiverio a las aves de su misma especie.
—Así lo hice –declaró el comerciante–, pero tristemente uno de tus familiares, al escuchar la noticia de tu cautiverio, cayó muerto.
Apenas había acabado de hablar el comerciante, el pájaro enjaulado cayó sobre el suelo de la jaula.
—¡Pobre animal! –se lamentó el dueño–. Le ha impresionado tanto la noticia de la muerte de su pariente, que también se ha muerto.
Sacó al pájaro de la jaula y lo colocó en la ventana, dándolo por definitivamente muerto.
Entonces el pájaro, que había fingido su muerte (siguiendo el mensaje secreto de su familiar, que también había fingido la suya), huyó volando.
 
  • REFLEXIÓN: Hay que tener firmeza de carácter y habilidad para cuidar de nosotros mismos. Sólo el que sabe cuidarse a sí mismo es capaz de cuidar mejor de los demás; al sentirnos bien, compartiremos ese sentimiento de bienestar con los que nos rodean. Así la persona que se quiere a sí misma y cuida de sí misma no se permite estar a merced de los otros.