23 de abril de 2016

EL PAÍS FLOTANTE

Kalipandia era un país que constaba de muchas islas. Próspero y más avanzado científicamente que sus vecinos, sus habitantes eran muy felices. El único problema parecía ser el congestionamiento, pues la población había crecido rápidamente, pero el mar fijaba límites a una posterior expansión.
Los científicos y planificadores trabajaron mucho, llegando al fin a dar con la solución: se construirían enormes pilares sobre el fondo del mar, lo suficientemente fuertes como para soportar gigantescas plataformas sobre las que se podrían edificar nuevas ciudades. En sólo unos meses los grandes recursos tecnológicos del país habían creado una silueta, tachonada de altos edificios, que comprendían colegios, escuelas, supermercados, fábricas, teatros e iglesias.
—¡Qué suerte tienen nuestros hijos! –exclamó uno de los profesores–. Ahora tenemos las mejores escuelas del mundo. Nuestros alumnos se convertirán en los científicos más avanzados.
—Ahora tenemos los mejores hospitales que existen –declaró uno de los médicos. Pronto se vencerán todas las enfermedades conocidas y nuestro pueblo seguirá siendo el más sano.
—Somos los más felices del mundo –le dijo Ted, uno de los obreros, a su patrono. Nuestro futuro está seguro, y ahora podemos dedicarnos a disfrutar de la vida a tope.
Algunas semanas después de la apertura oficial de varios edificios, Ted se encontraba descansando en playa cuando observó algo extraño. El mar parecía más alto de lo habitual, y las plataformas sobre las que se habían edificado las nuevas ciudades parecían más cerca de la superficie del agua. Temiendo que el fondo del mar pudiera hundirse, Ted corrió a informar a las autoridades. Pero uno de los ingenieros municipales rechazó terminantemente tal sugerencia.
—¡Tonterías! No tenemos absolutamente dato científico alguno que apoye esa absurda eventualidad. Nuestras ciudades han sido proyectadas por los mejores arquitectos del mundo y construidas por los mejores maestros de obras. No perdamos el tiempo, os ruego, hablando tontamente sobre el hundimiento del fondo del mar.
—Pero yo lo he visto con mis propios ojos –insistió Ted.
—Debes haber estado soñando. Haz el favor de dejarnos en paz –fueron las últimas palabras del ingeniero municipal.
Al salir del ayuntamiento, Ted decidió intentar otro procedimiento. Fue a uno de los hospitales, donde pidió a la recepcionista que pusiera en marcha algún tipo de evacuación para los pacientes. Se avisó inmediatamente a un médico. Este declaró que Ted estaba loco.
—¡Qué disparate! ¿Pero qué te ocurre? ¿Te parece que podemos trasladar a pacientes disminuidos como los nuestros sin razones mucho más poderosas que ésa?
Ted intentó entonces salvar a los niños de los colegios. Se le dijo que los colegios eran los mejores del mundo. La enorme cantidad de tiempo y de dinero empleados en ellos hacía inconcebible que pudieran hundirse alguna vez.
—Al menos –pensó Ted–, la gente ciertamente querrá salvar su dinero.
En consecuencia, intentó prevenir al personal de un banco local; pero sospecharon que intentaba crear confusión y pánico para poder cometer un robo. Llamaron a la policía, y Ted fue arrestado.
A la mañana siguiente en todo el mundo millones de personas leían los titulares de los periódicos: «¡Miles de ahogados! ¡Se hunde un país flotante!»
 
  • REFLEXIÓN: La principal enfermedad del mundo moderno es el colapso de la base misma de nuestra sociedad. Hallar remedios a tales males no sería más que una chapuza insostenible, en lugar de ello necesitamos reestructurar la sociedad desde sus mismos fundamentos, antes de que se desmorone por completo. Hay que hacer frente al reto planteado por la sociedad tecnológica, que, llevada sobre la ola de un progreso ilimitado y de la omnipotencia, se aleja hacia su propia destrucción. Necesitamos preparar (para caso de emergencia) los cimientos de un orden social nuevo, justo, equitativo y estable.

15 de abril de 2016

LOS DOS ANACORETAS

Un anciano yogui estaba meditando a la orilla de un río sagrado. Otro yogui más joven quería impresionarlo. Le gritó desde la orilla opuesta y empezó a cruzar caminando sobre las aguas, hasta llegar junto al anciano, que ni siquiera se inmutó.
—¿No te he dejado boquiabierto? –preguntó el joven.
—¿Cómo has conseguido ese poder? –preguntó el anciano.
El joven anacoreta dijo:
—En verdad, no ha sido fácil. He tardado doce años. He practicado mantras muy secretos, poderosos ejercicios de visualización, penitencias sin límite y una gran austeridad. Durante doce años he seguido una rigurosa ascesis en los montes Himalaya. A veces he estado durante varios días apoyándome sobre una sola pierna o he mantenido un brazo en alto durante horas.
—No dejas de sorprenderme –dijo el anciano.
—Luego te sorprendo, ¿verdad? –comentó con arrogancia y vanidad el joven–. Ya sabía yo que te asombraría.
—Sí, amigo mío, me asombra que hayas hecho tantos esfuerzos durante doce años para fortalecer tu ego siendo tan barato alquilar una barca para cruzar el río.
 
  • REFLEXIÓN: Con frecuencia gastamos nuestra energía intentando aumentar nuestra vanidad y nuestro ego con cosas totalmente inútiles. Nos enredamos en la autoimportancia y la soberbia que no produce más que satisfacción a corto plazo, pero insuficiente si verdaderamente se quiere ser feliz. Empleemos nuestro esfuerzo y energía en cosas realmente importantes que nos produzcan sabiduría y crecimiento real y no en banalidades.

21 de marzo de 2016

DE UNA EN UNA

En una puesta de sol, un amigo nuestro iba caminando por una desierta playa. Mientras andaba empezó a ver que, en la distancia, un joven se acercaba.
A medida que avanzaba, advirtió que era un nativo y que iba inclinándose para recoger algo que luego arrojaba al agua. Una y otra vez arrojaba con fuerza esas cosas al océano. Al aproximarse más, nuestro amigo observó que el joven estaba recogiendo estrellas de mar que la marea había dejado en la playa y que, una por una, volvía a arrojar al agua. Intrigado, el paseante se aproximó al joven para saludarlo.
—Buenas tardes, muchacho. Venía preguntándome qué es lo que haces.
—Estoy devolviendo estrellas de mar al océano. Ahora la marea está baja y ha dejado sobre la playa todas estas estrellas de mar. Si yo no las devuelvo al mar, se morirán por falta de oxígeno –dijo el muchacho.
—Ya entiendo –replicó mi amigo–, pero sobre esta playa debe haber miles de estrellas de mar. Son demasiadas, simplemente. Y lo más probable es que esto esté sucediendo en centenares de playas a lo largo de esta costa. ¿No te das cuenta de que es imposible que lo que puedas hacer sea de verdad importante?
El joven sonrió, se inclinó a recoger otra estrella de mar de la arena y, mientras volvía a arrojarla al mar, contestó:
—Por lo menos ¡para ésta sí que es importante!
A la mañana siguiente aquel hombre se dirigió a la playa, se reunió con el joven y los dos juntos continuaron devolviendo estrellas de mar al océano.
 
  • REFLEXIÓN: El mayor de los errores estriba en no hacer nada porque sólo podemos hacer poco. No actuamos porque creemos que con ello no vamos a cambiar el mundo... quizá no ayudamos a alguien en un preciso momento porque con eso no le vamos a solucionar la vida, pero lo realmente importante es lo que la ayuda puntual pueda suponer para esa persona, pues para ella sí es importante. Pensemos en el valor de la compasión y el trabajo en equipo y también en que cada uno es responsable de sus buenas o malas acciones.

3 de marzo de 2016

EL PÁJARO DE LA INDIA

Un comerciante tenía un pájaro de la India, país al que de vez en cuando viajaba para hacer negocios.
¿Quieres algo de la India? –preguntó el comerciante a su pájaro cuando iba a partir para aquel país.—Quiero mi libertad, pero puesto que no me la concedes, por favor, visita la jungla y a los pájaros de mi especie. Anúnciales que me tienes cautivo. Ése es mi ruego, mi súplica.
Aunque no quería desprenderse del exótico pájaro, el comerciante no tenía mal corazón. Quiso satisfacer al pájaro, fue a la jungla y anunció a las otras aves que lo tenía en cautiverio. Ante su extrañeza, un pájaro de la misma especie que el suyo cayó al suelo inconsciente y el comerciante lo dio por muerto y pensó: «Tanto le ha sorprendido el cautiverio de su familiar, que ha muerto de la impresión».
Tras efectuar sus negocios, el comerciante volvió a su país. Ni que decir tiene que, nada más verlo, el pájaro le preguntó si había anunciado su cautiverio a las aves de su misma especie.
—Así lo hice –declaró el comerciante–, pero tristemente uno de tus familiares, al escuchar la noticia de tu cautiverio, cayó muerto.
Apenas había acabado de hablar el comerciante, el pájaro enjaulado cayó sobre el suelo de la jaula.
—¡Pobre animal! –se lamentó el dueño–. Le ha impresionado tanto la noticia de la muerte de su pariente, que también se ha muerto.
Sacó al pájaro de la jaula y lo colocó en la ventana, dándolo por definitivamente muerto.
Entonces el pájaro, que había fingido su muerte (siguiendo el mensaje secreto de su familiar, que también había fingido la suya), huyó volando.
 
  • REFLEXIÓN: Hay que tener firmeza de carácter y habilidad para cuidar de nosotros mismos. Sólo el que sabe cuidarse a sí mismo es capaz de cuidar mejor de los demás; al sentirnos bien, compartiremos ese sentimiento de bienestar con los que nos rodean. Así la persona que se quiere a sí misma y cuida de sí misma no se permite estar a merced de los otros.

27 de febrero de 2016

AMOR, BIENESTAR Y ÉXITO

Una mujer salió de su casa y vio tres viejos con una larga y blanca barba sentados en el jardín. Ella no los conocía. Les dijo: 
—Yo no los conozco, pero deben estar hambrientos. Por favor pasen adelante y coman algo en mi casa.
—¿Está el hombre de la casa? –preguntaron a la mujer.
—No –dijo ella–, está fuera.
—Entonces no podemos entrar –replicaron ellos.
Por la tarde, cuando el marido regresó, la mujer le contó lo que había sucedido.
—Ve entonces afuera y diles que ya estoy en casa, e invítalos a pasar.
La mujer salió e invitó a los viejos a entrar.
—Nosotros no entramos a una ninguna casa juntos –replicaron ellos.
—¿Por qué? –quiso saber la mujer.
Uno de los viejos explicó:
—Su nombre es Bienestar –dijo señalando a uno de sus amigos, y señalando al otro– él es el Éxito, y yo soy el Amor.
Luego, añadió: 
—Ve a tu casa y discute con tu esposo cuál de nosotros quieren ustedes que entre en su casa esta noche.
La mujer entró a su casa y le contó a su esposo lo que los viejos habían dicho. El esposo estaba muy contento. ¡Qué agradable visita! y dijo:
—Siendo así invitemos a Bienestar, dejémoslo entrar y que llene nuestro hogar con riqueza y bienestar. 
La esposa no estuvo de acuerdo y replicó:
—Querido, ¿por qué no invitamos a Éxito?
La nuera de ambos estaba escuchando desde la otra esquina de la casa. Ella hizo su propia sugerencia: 
—¿No sería mejor invitar al Amor? ¡Nuestra casa estaría llena de amor!
—Deberíamos escuchar el consejo de nuestra nuera –dijo el esposo a la esposa–. Ve e invita al Amor para que sea nuestro huésped.
La mujer salió y preguntó a los tres viejos:
—¿Cuál de ustedes es Amor? Por favor, entra y sé nuestro huésped.
Amor se levantó y comenzó a caminar hacia la casa. Los otros dos también se levantaron y lo siguieron. La mujer, sorprendida, le preguntó a Bienestar y Éxito: 
—Yo solo invité al Amor, ¿por qué están ustedes entrando también?
Los tres viejos respondieron a la vez:
—Si hubiesen invitado al Bienestar o al Éxito, los otros dos hubiésemos permanecido fuera, pero como invitaron al Amor, a cualquier lugar que él vaya, nosotros vamos con él.
 
  • REFLEXIÓN: ¡Donde hay Amor, hay también Bienestar y Éxito! Porque el Amor es el don más grande y generoso que hay. Así pues, debes poner Amor en todas las cosas de tu vida y así te llegará el Bienestar y el Éxito... o cualquier otra cosa que necesites.

8 de febrero de 2016

EL GENIO DE LA LÁMPARA

El genio de la lámpara estaba tan harto de las continuas peticiones de su amo que un día se apareció a él y le dijo:
—He decidido concederte las tres cosas que desees pedirme. Después no volveré a concederte nada más.
Lleno de gozo, el amo hizo su primera petición sin pensárselo dos veces. Pidió que muriera su mujer para poder casarse con una mejor. y su petición fue inmediatamente atendida.
Pero cuando sus amigos y parientes se reunieron para el funeral y comenzaron a recordar las buenas cualidades de su difunta esposa, el amo cayó en la cuenta de que había sido un tanto precipitado. Ahora reconocía que había sido absolutamente ciego a las virtudes de su mujer. ¿Acaso era fácil encontrar otra mujer tan buena como ella?
De manera que pidió al genio que la volviera a la vida, con lo cual sólo le quedaba una petición que hacer. Y estaba decidido a no cometer un nuevo error, porque esta vez no tendría posibilidad de enmendarlo. Y se puso a pedir consejo a los demás. Algunos de sus amigos le aconsejaron que pidiese la inmortalidad.
—Pero ¿de qué servía la inmortalidad -le dijeron otros- si no tenía salud?
¿Y de qué servía la salud si no tenía dinero?
¿Y de qué servía el dinero si no tenía amigos?
Pasaban los años y no podía determinar qué era lo que debía pedir: ¿vida, salud, riquezas, poder, amor...?
Al fin suplicó al genio:
—Por favor, aconséjame lo que debo pedir.
El genio se rió al ver los apuros del pobre hombre y le dijo:
—Pide ser capaz de contentarte con todo lo que la vida te ofrezca, sea lo que sea.
 
  • RELEXIÓN: Difícil eso de conformarse y contentarse con lo que la vida nos da, pero una gran lección. No se trata de ser conformistas, es bueno luchar por tener cada día lo mejor, se trata de que la ambición no gobierne nuestra vida y nos haga ser infelices porque nunca estemos contentos con lo que tenemos.