6 de noviembre de 2012

EL MENDIGO Y EL REY

Iba yo pidiendo, de puerta en puerta por el camino de la aldea, cuando un carro de oro apareció a lo lejos como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey magnífico.
Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo.
La carroza se paró a mi lado. Aquel rey me miró y bajó sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin.
Y de pronto, él me tendió su mano diciéndome: «¿Puedes tú darme alguna cosa?».
¡Ah, qué ocurrencia de su realeza! ¡Pedirle a un mendigo!
Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo y se lo di.
Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón.
¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para darle todo!
 
  • REFLEXIÓN: Nuestro egoísmo no nos deja en muchos casos compartir con los demás nuestras posesiones, y sin embargo, cuando la vida se comparte, de forma milagrosa, se multiplica.

30 de octubre de 2012

EL VERDADERO VALOR DEL ANILLO

Ésta es una vieja historia de un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.
—Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
—Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después... –Y, haciendo una pausa, agregó–: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
—E... encantado, maestro –titubeó le joven, sintiendo, que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
—Bien –continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió–: Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
—Maestro –dijo–, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
—Eso que has dicho es muy importante, joven amigo –contestó sonriente el maestro–Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:
—Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
—¿Cincuenta y ocho monedas? –exclamó el joven.
—Sí –replicó el joyero–. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
—Siéntate –dijo el maestro después de escucharlo–. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.
 
  • REFLEXIÓN: Todos necesitamos ser reconocidos y valorados por los demás. Todos necesitamos el respeto y la estima de los demás para poder construir nuestra propia autoestima. Además para el que sabe ver, el ser humano no tiene precio, su valor es realmente incalculable. Si realmente somos afectuosos, tolerantes, y menos egoístas e intransigentes podremos aprender a valorar a las personas en su justa dimensión, con autenticidad, sin menosprecios y engaños.

10 de octubre de 2012

INICIANDO OTRO VIAJE

Un conocido viajero volvió de un largo recorrido, y como venía sucediendo cada vez que regresaba, muchas personas vinieron para escuchar la narración de sus andanzas por otras tierras. Sabedor de esta circunstancia, el viajero tenía ya preparado su discurso, tan preparado que se lo sabía de memoria. Iba a contar lo de siempre (“yo he hecho...”, “yo he ido...”) para conseguir el mismo resultado de siempre. Sin embargo, esta vez vio que sus palabras no generaban el entusiasmo de otras ocasiones: algunos de los presentes daban muestras de aburrimiento, otros le miraban con ojos vacíos...
El viajero aumentó el tono de la voz pensando que así conseguiría un mayor interés, pero lo único que consiguió fue sobresaltar a los que dormitaban. Alguien osó levantarse y salir. Esto desconcertó al viajero: nunca antes alguien había salido sin esperar el final de su narración. Aumentó aún más el tono de su voz, pero el ejemplo del primero en levantarse fue seguido por otro, y otra, y otros más... Casi a gritos el viajero continuó el discurso que tenía aprendido de memoria y que, costase lo que costase, tenía que terminar. Cuando llegó al final, agotado por el esfuerzo, sólo quedaban dos personas junto a él.
—¿Cuál ha sido tu viaje interior? –preguntó la primera.
—¿Cómo eran las personas que has encontrado? ¿Has participado de sus vidas? ¿Cuáles eran sus sueños? –preguntó la segunda.
El viajero no sabía qué responder, estas preguntas quedaban muy lejos de sus preocupaciones cuando emprendía un viaje y quedaban también muy lejos de lo que él contaba a la vuelta.
Pero gracias a ellas descubrió la razón de su fracaso: en su viaje se había limitado a recorrer kilómetros con mirada distraída y sin interés por conocer la vida de los que allí moraban porque creía saberlo todo... Además, sus vecinos habían cambiado y no eran los mismos, ahora eran mucho más mestizos culturalmente, y en mentalidad: buscaban la experiencia vital, la hondura del encuentro humano...
Y se dio cuenta de que los ojos de mirada vacía que había observado reflejaban su interior.
 
  • REFLEXIÓN: El viajero aburrió a todos los presentes porque realmente no tenía nada importante que contar. Lo verdaderamente importante es lo que tú vivas interiormente y la relación con los que se van cruzando en nuestras vidas. La vida en sí misma es un viaje, y de nosotros depende el creer que ya lo sabemos todo, o bien dejarnos sorprender por las cosas y las personas que vamos descubriendo en el camino.

23 de septiembre de 2012

MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA

Y llegó el tiempo en que las hojas caen de los árboles. Una de ellas veía cómo sus hermanas se iban volviendo amarillas, se secaban y caían. Al inicio pensaba que iban a emprender otro viaje, pero mirando hacia abajo se dio cuenta de la realidad: caían para pudrirse en el suelo. Esta hoja se rebeló: “Yo estoy bien aquí, no tengo por qué secarme y dejar mi árbol, quiero seguir viviendo”. Y de hecho allí se quedó, desafiando a los vientos que empezaban a soplar con fuerza. A duras penas mantenía su color verde, pero ella se decía a sí misma que estaba bien, que ése era su lugar y que no tenía ninguna necesidad de dejarse caer para desaparecer.
Pasaron los días y ella fue la única hoja que quedó en el árbol. El árbol intentaba desembarazarse de ella, pero la hoja se aferraba con todas sus fuerzas al tronco para no caer. Alguien que pasaba un día por allí se dio cuenta y se quedó sorprendido. Llamó a sus amigos, que a su vez llamaron a otros amigos, y a otros más... Aquella hoja se convirtió en el centro de atención. Incluso una televisión local vino con sus cámaras. ¡Qué orgullosa estaba la hoja! Sus sufrimientos y el frío que estaba pasando tenían su recompensa. En esos momentos sí que ella hubiese preferido quedarse sola, sin el tronco, porque ese tronco del que dependía para estar allí arriba y huir de la caída inevitable le robaba protagonismo.
El tiempo fue pasando y llegó el invierno. Pocas personas paseaban y ya nadie prestaba atención a aquella hoja extravagante.
Llegaron las primeras nieves y las heladas. La hoja se congeló y así permaneció muchos días. Un niño travieso se dedicó a tirarle piedras y una le alcanzó. Como estaba helada, la hoja se partió por la mitad, pero no cayó y allí se mantuvo hasta la llegada de la primavera.
Por fin la hoja tenía compañeras, pero ¡qué desesperación!...
Las nuevas llegadas tenían un color verde mucho más brillante, estaban enteras y llenas de energía. La hoja vieja no se movía y su color mate hacía temer lo que las demás sospechaban pero no se atrevían a comprobar: ¡estaba muerta!
 
  • REFLEXIÓN: A veces deseamos huir de nuestra verdadera personalidad, utilizamos distintas máscaras y ponemos en ellos demasiado esfuerzo que no nos merece la pena. Lo importante es saber lo que realmente somos, cuáles son nuestras metas en la vida, cuál es nuestro proyecto personal. La historia nos enseña que hay que morir a ciertos aspectos negativos de nuestra personalidad para poder potenciar otros y vivir realmente. Sólo dejando morir lo negativo podrá resurgir lo mejor de nosotros mismos.

14 de septiembre de 2012

LOS CANTOS DE DIOS

No es de sorprender que el jardinero resultara un tanto extraño para sus vecinos. Muchos días le veían hablar con sus plantas, acariciarlas y tratarlas con cariño. Y por otra parte, no obtenía dinero con ellas, lo cual resultaba aún más extraño para aquellas gentes.
—¿Por qué acaricias y les hablas a tus plantas, si no pueden sentir tu mano ni oírte? -le preguntó por fin uno de sus vecinos.
—¿Y cómo sabes que no me sienten ni me oyen? -respondió el jardinero.
El vecino se quedó perplejo.
—Hombre, todo el mundo sabe que las plantas no son capaces de...
—Tampoco la mayoría de los hombres sienten ni escuchan a Dios -le interrumpió el jardinero-, y no por eso Dios deja de hablarnos y cuidarnos.
El vecino se encontraba cada vez más confundido. Y, sintiéndose un tanto molesto, volvió a preguntar:
—¿Y cómo sabes que existe Dios? Yo nunca lo he visto, ni le he oído. Ni siquiera he notado los cuidados de los que hablas.
El jardinero bajó la mirada con tristeza y guardó silencio, y cuando el vecino ya pensaba que no iba a poder responderle, le miró a los ojos con ternura diciéndole:
—En las noches de Luna sólo te das cuenta de que los grillos cantan cuando se callan, y es el silencio el que te advierte de la presencia de esa vida escondida. Dios nunca ha dejado de cantar, nunca ha dejado de hablarnos y mimarnos, y es por eso por lo que la mayoría de los hombres no advierte sus caricias.
«Si Dios dejara de cantar, al instante siguiente sería demasiado tarde para darnos cuenta de que estaba allí». Y, sonriendo, agregó:
—Pero no te preocupes. Dios jamás dejará de cantar.
—Entonces, jamás podremos convencernos de que Dios existe -respondió el vecino con una sonrisa triunfante.
El jardinero se echó a reír, y posando su mano sobre el hombro de su vecino, dijo:
—Igual que sucede con los grillos... Si haces el silencio en tu interior, el silencio te revelará los cantos de Dios.
 
  • REFLEXIÓN: Sólo podemos encontrar a Dios si conseguimos silenciar nuestro interior, hay que hacer un esfuerzo por evadirnos del ruido exterior, del ajetreado mundo que nos rodea, y así podremos descubrir en nosotros a Dios.

10 de agosto de 2012

AUTOBIOGRAFÍA DE UN COCO

Nací en la copa de un árbol robusto que había crecido en un suelo arenoso a lo largo de la franja de la costa. Desde mi atalaya disfrutaba de una vista fantástica de cuanto me rodeaba.
Era muy feliz y me sentía orgulloso de ser un coco. Creía que mi padre era maravilloso, hasta que un día oí que varios transeúntes le maldecían a él y a toda la familia. Si no recuerdo mal, uno de ellos dijo:
«¡Qué calor hace hoy! ¡Si al menos este maldito cocotero nos diera sombra! Odio los cocoteros. Tan rugosos, tan feos y deformes. Sin hojas, ni flores, ni siquiera aroma».
Esto me hizo sentir tan desgraciado que algo cambió dentro de mí. ¿Cómo es que no lo había visto antes? Realmente era feo, casi deforme. Me sentía avergonzado, y decidí que no dejaría jamás que nadie viera mi fealdad interior...
Comencé a construir a mi alrededor una capa muy densa, dura y peluda para proteger mi interior de las miradas. Después de todo, evidentemente, no había nada bueno dentro de mí. Si alguien me hubiera visto por dentro, me despreciaría y rechazaría aún más. Por eso tejí a mi alrededor una capa áspera, peluda, de color pardo, desagradable al tacto, para que nadie se atreviera a tocarme. Odiaba que me tocaran o acariciaran.
Al cabo de unas semanas, que pasé deprimido meditando sobre mi desgracia y sin apenas hablar con mis hermanos y hermanas, me vi de repente sorprendido por un impetuoso temporal. Todos éramos sacudidos violentamente y, aterrado, me agarré a mi padre, temiendo ser arrancado del árbol.
Pero fue todo inútil. Perdí el control y sentí que era arrojado con fuerza hacia abajo, cayendo en el oscuro vacío. Me encontré aturdido en el suelo, magullado y dolorido por el golpe. Solo y temblando de miedo, pensé que lo único que me quedaba era esperar la muerte. Estaba claro, había sonado mi hora... cuando un grupo de aquellos curiosos y odiosos transeúntes se acercó a mí. Mas ¡qué sorpresa grata fue para mí oír que uno de ellos decía!:
«¡Mira que coco tan bonito! Realmente es una suerte haberlo encontrado».
Sin apenas dar crédito a lo que oía, sentí que me levantaban y agitaban junto al oído de un joven. Su nariz comenzó a olerme y sus labios murmuraban, dirigiéndose directamente a mí:
«¡Qué coco tan fresco, dulce y sabroso debes ser! Me alegro de veras de haberte encontrado».
¿Cómo? ¿Yo fresco y dulce? Tenía que haber algún error. Ciertamente, yo no era más que algo estúpido, deforme, feo e insípido, que se contentaba con que le dejaran en paz.
El muchacho comenzó a quitar con mucho cuidado los pelos ásperos y pardos que había hecho crecer a mi alrededor para protegerme. Lo hizo con gran delicadeza, como si deseara no hacerme daño. Por primera vez en muchos meses volví a sentirme feliz de nuevo, sin darme cuenta que el muchacho cogía una piedra grande y comenzaba a golpearme con fuerza. Con mayor rapidez y energía cada vez, no dejaba de darme golpes. Gritando de dolor, quería preguntarle qué buscaba y pedirle que parara. Yo creía que debería saber que dentro de mí no había más que fealdad. ¿Qué esperaría encontrar debajo de mi dura corteza?
Unos segundos más tarde se escuchó un fuerte chasquido y sentí que me partían en dos. De mis heridas comenzó a rezumar un jugo, y con gran sorpresa mía, el chico y sus amigos intentaron beberlo. Por sus gestos de satisfacción podía decir que estaban disfrutando. Ellos comentaban lo dulce y fresco que yo estaba.
Mi mayor sorpresa fue cuando, después de separar partes de mi corteza, arrancaron algo de mi interior. ¡Era blanquísimo! Mi interior era hermoso y ellos, se veía, estaban disfrutando comiendo.
«¡La gente me quiere!», exclamé. «No soy feo ni inútil. ¡Por favor, os lo ruego, comedme. Comedme todos! ¡Qué satisfacción proporcionar placer a personas que han hecho que al fin creyera en mí mismo!».
 
  • REFLEXIÓN: A veces pensamos que dentro de nosotros no hay nada bueno, nada que pueda interesar o gustar a alguien, por eso nos hacemos una coraza para protegernos de los comentarios y críticas de los demás. Pero entonces suele surgir alguien que empieza a valorarnos por lo que realmente somos y empieza a descubrir las cosas buenas que quizá sin saberlo llevamos dentro. Es entonces cuando surge el milagro y empezamos a creer en nosotros mismos y en nuestras posibilidades.